jueves, 11 de septiembre de 2008

Federico I Barbarroja.

Tras anotar en el cuaderno de HMS Pinafore una entrada sobre las vísperas sicilianas, no podía dejar de escribir sobre mi personaje favorito de la Edad Media. Pido a los dos medievalistas que me leen que tengan paciencia con un peligroso positivista internacionalista contemporáneo porque sé que son entradas muy simples y con un ámbito didáctico a nivel usuario.
Federico I Barbarroja me resulta uno de los personajes más atractivos de la Edad Media ya que tras su coronación como Rey de Romanos en 1152 la causa Imperial adquirió unas posibilades enormes. Federico I se propuso aumetar la dignidad Imperial a altas cotas, ya que entre el interregno entre Otones y Stauffen se había debilitado las posiciones imperiales en favor del papado.
Alemania e Italia configuraban las dos caras de una misma moneda: la Imperial, y en Italia el papado y las ciudades libres (celosas de las libertades adquiridas) iban a poner en serios aprietos los proyectos imperiales de Federico en la península.
Pero en Alemania no todo fueron falicidades para el Stauffen, ya que su primo Enrique el León, duque de Sajonia y Baviera veían peligrar su independencia con los planes de Federico.
La fuerza dio a Federico su ansiada coronación imperial en Roma de las manos del Papa Adriano IV y el apaciguamiento, al menos de momento, de la jerarquía pontificia. Pero tras su muerte y el ascenso al papado de Alejandro III, Federico apoyó a su opositor (Octavio de Monticeli o Víctor IV) abriendo la peligrosa senda del cisma en occidente y el descontento antes mencionado de las ciudades del norte de Italia. La política de división papal dio al Imperio una victoria más cuando cuando el Antipapa Pascual III canonizó al emperador Carlomagno. Este acontecimiento junto con la toma de Roma en 1167 con la huida del Papa Alejandro III suponen el apogeo de la política imperial de Federico I.
Las ciudades del norte se unieron en la Liga Lombarda para luchar contra el ejército imperial y recuperar sus libertades, cosa que consiguieron con la humillante derrota imperial en 1174, era la hora de la diplomacia.
Con ésta se reconcilió con Alejandro III y firmó la paz con Venecia y las ciudades de la Liga Lombarda para, en Alemania, poder deshacerse de un enemigo: Enrique el León. Pero su mayor victoria en el campo de la diplomacia estaba aún por llegar: era el matrimonio de su heredero, Enrique, con la heredera de la Corona de Sicilia Constanza de Hautville, que entronca con el tema de la entrada anterior de este blog.

Otro gesto en favor de Dios y el Papado fue tomar la cruz e ir a Jerusalén, que había caído en manos de Saladino, pero no pudo enfrentarse a éste porque se ahogó bañándose en un río y sus fieles soldados lo trajeron de vuelta a Europa en un sencillo y humilde tonel de cerveza. Un humilde final para que el deseaba ser el más ferviente servidor de Dios. El Magnífico Emperador Federico I Staufen.

3 comentarios:

Vitrubius Volante dijo...

Un tipo formidable, la verdad. Me gustaría haberlo conocido. Sobre todo cuando ya iba en el tonel, porque me da la impresión de que sabría cómo tratarlo, que yo conozco a unos cuantos de esos...

Por cierto, unas palabras de nuestro anónimo amigo me han recordado que os debería recordar periódicamente que leáis Watchmen, cómic cuya adaptación al cine debería haber sido estrenada ya...

Otra cosa más: no quiero meterme en la política de nadie ni en las libertades de cada cuál, pero yo no le seguiría el rollo a alguien que cambia el tema de la entrada a gusto suyo y disgusto de todos. Digo yo...

¡Nos vemos todos!

Anónimo dijo...

¿Y qué tiene que ver
el comic Watchmen
con la entrada?

David Alonso dijo...

Lo mejor de todo de la historia es que sus soldados se iban bebiendo la cerveza del barril a medida que regresaban a Europa con el cadaver del emperador. Eso si que esencia Imperial.