miércoles, 3 de diciembre de 2008

Brezhnev, el erizo de la URSS.


Un libro sobre pensadores rusos de Isaiah Berlín distingue entre los zorros y los erizos. Los zorros son los pensadores que conocen muchas verdades distintas, mientras que los erizos solo conocen una, la más importante. Leonid Brezhnev no era un pensador, pero en materia de política exterior tenía una sola convicción fuerte, como el erizo del libro de Isaiah Berlín. Había que evitar a toda costa la guerra contra Estados Unidos y occidente. 
Su vida en el partido y en la política estuvo profundamete marcada por la guerra al igual que muchos de los viejos comunistas. Le disgustaba mucho el estilo extremista de Kruschov, criticaba abiertamente los excesos de su política exterior por situar a la URSS en posiciones difíciles y poco defendibles en cuestiones como la cubana y la berlinesa. 
Al principio Brezhnev, como desconocedor en absoluto de la política exterior, se dejó guiar por la linea dura del partido. Lo que llevó a Kissinger y occidente a tacharlo de "brutal", una apreciación errónea pero lógica si nos dejamos llevar por el final de la primavera de Praga y la doctrina Brezhnev de la soberanía limitada. No era así; Brezhnev intentó por todos los medios que lal crisis checoslovaca no terminase en invasión, pero las duras críticas que estaba recibiendo por parte del SED de la RDA le llevaron a actuar para decapitar las tendencias liberalizadoras de Checoslovaquia.
Brezhnev, en realidad, desplegaba más amabilidad que maldad y más vanidad que crueldad premeditada. Detestaba los enfrentamientos abiertos y extremos, era agradable y encatador, resultaba incluso atractivo en su juventud con sus ojos azules y sus cejas. Con sus amigos era un hombre modesto, gregario, de costumbres sencillas, gran conversador y sin ínfulas de poder. Decía que la amabilidad te podía hecer llegar muy lejos en política y así lo hizo. A Brezhnev le resultaba tan natural sonreir como a Kruschov amenazar con el puño.
Por naturaleza era centrista y enemigo de los movimientos políticos extremos y aunque su camarilla política estaba formado por estalinistas extremos, sus aspiraciones pacíficas salieron airosas, pese a su mediocridad intelectual. 
Pero para que la distensión tuviera éxito necesitaba sentar a la mesa de negociaciones a la administración americana y eso estaba muy verde cuando llegó al Kremlin, necesitaba a otro presidente, necesitaba a Richard Nixon. Y necesitaba darle un buen motivo para sentarlo a la mesa, ese fue la paridad nuclear conseguida por Brezhnev. Dio su aprobación para el despliegue masivo de ICBM en silos fortificados que suponían un gasto del 20% del presupuesto de defensa. 
A pesar de ser un ignorante en cuestiones internacionales supo rodearse de una camarilla aperturista, como Andropov y el fiel Gromiko que llevaron a buen puerto la distensión y la firma de los primeros acuerdos SALT y el Protocolo de Helsinki. Él solo logró en 15 años lo que no supieron o pudieron hacer ni Stalin ni Kruschev en treinta: lograr que occidente reconociese la esfera de influencia soviética, sus fronteras y que Alemania Federal y sus aliados reconociesen que Berlín occidental no formaba parte de la RFA. 

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