martes, 16 de diciembre de 2008

Réquiem por un alma libre.


He querido darle un homenaje a nuestro cura, el padre Jesuíta José Luis de Castro Rivas, tutor de Santa María del Mar y director del CMU San Agustín que falleció el pasado 31 de octubre de 2008. No sabía como honrar su memoria de la mejor forma posible del padre director a quien he tenido el enorme placer de llamar amigo y con quien tuve el privilegio de compartir 7 años de mi vida. Se nos ha ido y el también Jesuíta García de Cortázar ha hecho la mejor homilía que he escuchado en mi vida. La transcripción de la homilía y el adagietto de la 5º sinfonía de Mahler son mi pequeño homenaje, al tutor, padre director y amigo.

"No es fácil para un sacerdote que, según san Pablo, debe ser un mediador entre Dios y los hombres encontrar hoy palabras que viniendo de arriba consuelen a los que estamos abajo. Solo el calor amigo, la piedad honda, nuestra propia condición de mortales y el miedo a dar el salto como lo ha dado José Luis pueden descargarnos de este fardo de tristeza, de perpetuo interrogante que llevamos encima. Compartir la pena, los sufrimientos y las dudas de la humanidad es tarea de un sacerdote que quiere ante todo ser testigo y pregonero de la ternura de Dios para todo hombre. San Pablo lo dijo bien claro: "No somos señores de vuestra fe, sino los servidores de vuestra alegría".José Luis, compañero del alma, compañero, se nos ha ido en una muerte sorpresa que no ha respetado la sala de espera de una vejez resignada. Una muerte para la que nadie ha hecho planes, para la que ni la familia ni los amigos hemos acopiado los rescursos afectivos para enfrentarnos al dolor. Después de una vida fecunda, después de años de contemplación y acción, de inmunidad a los atractivos de la devaluación de los principios, José Luis se nos ha ido a la casa del Padre. Allí ha descubierto la belleza con mayúscula, a la que tantas veces se había acercado al profundizar en el conocimiento de la Teología. Allí vivirá la vida grande del Padre, la vida a pleno aire, ese aire que en la tierra a veces le costaba hacer suyo. "Nos hiciste, señor, para ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que no descanse en Tí", pudo seguir San Agustín, uno de los hombres que amaron más apasionadamente en la historia de la humanidad.

Todos los que lloramos hoy a José Luis necesitamos decirnos en voz alta que la muerte no es la verdad última. Ante la angustia de la nada y, precisamente, porque la muerte y el desgarrón rozan a menudo pensamientos de increencia, debemos proclamar nuestro credo Cristiano, nuestra esperanza en la resurrección. A través de todas las humanas incertidumbres que no desaparecen, a través de todas las zozobras, que en modo alguno quedan adelgazadas, el futuro cristiano es siempre futuro de esperanza. Pero ¡Ojo! no se nos promete un futuro que cubra, que elimine, que consuele los numerosos pequeños futuros por lo que nuestro corazón se inquieta. Pero si el futuro que nos salva, que acompaña al triunfo y el fracaso, el dolor y la alegía, sin disminuirlos pero dándoles el fundamento que podemos aceptar o rechazar ahora haciéndolnos y deshaciéndonos. El presentimiento de nuestra propia muerte tiene que alimentar nuestra vocación por la vida. Igualmente la muerte, su preparación o consumación no tiene por qué apartarnos de la vida. Más b ien empujarnos a ella. "No quiero que vacilen vuestras risas ni vuestros pasos. No quiero que muere mi herencia de alegría", nos invita José Luis con el poeta Neruda. La muerte engulle muchas cosas, pero no puede nada contra el amor, contra la fe, contra la esperanza, contra el deseo de igualdad y libertad que han sido depositados por Dios mismo en el corazón del hombre.

Nuestro amigo José Luis hizo en su vida una magnífica simbiosis de religión y cultura. Difícil matrimonio puesto que cuando el hombre llega a la madurez y toma conciencia de su poder y su grandeza, la cultura muchas veces se hace militante, se diviniza a sí misma y, en el mismo instante, Dios se convierte en una amenaza.
Por ello la misión profética del cristianismo es denunciar los nuevos ídolos, los faslos absolutos que se levantan, incluidos los absolutos culturales o políticos. Es el molesto nadar en contra de la corriente, que suele ser nadar a favor de la razón. Las ideas no están hechas para morir o matar por ellas, sino para argumentar su validez. Por eso José Luis no creía en la lealtad trágica a una sangre, sino en el sobrio parentesco de la ciudadanía.

Vosotros que me escucháis sois hombres de libros. Los libros son la palabra, los libros, la palabra... os tienen que ayudar a luchar contra la violencia muda y obtusa. Porque abrirse a la palabra es abrirse al otro, solicitar su comprensión y esperar su respuesta. ¿Qué tendrá su palabra? se preguntaban todos los que veían los milagros de Jesús. Pero también hemos de saberlo, las palabras matan... y tristemente comprobamos que la frase "si las palabras matasen" pasó hace tiempo del subjuntivo al indicativo. Las palabras han ensangrentado tantas veces la Tierra... la palabra infamante, la palabra demagógica.
En nuestra confusión o sequedad, en nuestra fe diáfana o regularmente de todos los que estamos aquí reunidos, el Evangelio continúa hoy. Jesús ya que estás tu ahí, dondequiera que los hombres y las mujeres buscan, dudan e interrogan, ven a nosotros, camina cerca de nosotros porque la noche ronda a nuestro alrededor y es tarde. Y si nos llega la noche, que sea una noche sin paredes, una noche hilvanada a tu sangre como la noche luminosa de tu navidad. Un Cardenal Inglés que hasta tarde no fue católico decía lo que yo quiero deciros... que no solo hay que sufrir por la Iglesia, sino que también a la iglesia hay que sufrirla. Por ello haz, estibador santo, unos diques grandes sobre nuestro corazón y pon playas tuyas en nuestros naufragios cotidianos.

Que la paz de Dios se infiltre en nosotros y nos traiga consuelo. Que también en nosotros, como en José Luis, la vida sea la más fuerte... por mucho que la muerte hoy inundara su corazón interminable. A todos los que creeis en la resurrección os pido una oración para que Dios abrace amorosamente a nuestro amigo y proteja siempre a los más suyos. Y a todos, creyentes o no, os invito con Machado en la elegía a Francisco Giner de los Ríos a recordar al hermano de la luz del alba, del sol de los talleres, de la vida santa... al que se nos fue por una senda clara y reposa entre pinos verdes donde el viento canta.
Os invito a hacer por José Luis un duelo de labores y esperanza".

"¿Murió?... solo sabemos
que se os fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanza"

2 comentarios:

Miércoles dijo...

Muchas gracias.

Me ha chocado un poco que dijese que la muerte llegó por sorpresa. Supongo que porque trabajando en un oncológico estoy acostumbrada a ver como la muerte, por muy anunciada que parezca, siempre coge por sorpresa.

El correo de nuestra página lo leo yo, así que ya sabes... a cobrar deudas. :-)

Miércoles dijo...

Perdón, me olvidé de decir antes que el correo está en mi perfil.
Felices fiestas.