sábado, 14 de marzo de 2009

Un César sin Imperio.


Hay ciertos acontecimientos históricos que por su significado más que interés o curiosidad, despiertan cierta pena. Para mi son unos pocos, la decadencia del Imperio español, el desastre de 1898, la guerra civil española y, por qué no, la caída del Imperio Romano de occidente. Siendo más rigurosos diríamos que todo imperio cae víctima de la misma enfermedad: la corrupción y que, por tanto, cuando cae es solo la sombra de lo que fue.
Más si cabe le pasa a Roma. Estando influenciados por películas, novelas y cómics, parece que la caída del imperio romano fue una catástrofe cultural y política de primer orden y que dio paso a la "oscura Edad Media" pero eso no es así, el Imperio Romano llevaba cayendo desde el siglo III, cuando los militares se metieron en política y cuando el Senado era tan corrupto que, más que nunca, apoyaban al mejor postor. Por eso cuando Rómulo Augústulo fue depuesto en 476 d.C. ya no existía de facto ningún Imperio Romano o, si se mira de otra forma, el Imperio siguió extiendo sin César... hasta Carlomagno.
Incluso podíamos decir que tras la caída del joven Rómulo el Imperio volvió a estar unido bajo un único Emperador, el de Oriente. Pero todos sabemos que aunque la historia admite lecturas y matices, a la luz de las pruebas ya nada fue igual para Roma. Por eso la Historia habla de un antes y un después de Rómulo Augústulo: el césar sin imperio.
Estando el solar Imperial ya invadido por la chusma bárbara (imparable desde la derrota de Valente en Adrianópolis 378) a los sucesivos Emperadores no les quedó más salida que firmar pactos -foedus- con los distintos pueblos bárbaros que, a cambio de instalarse en el Imperio, defenderían a éste de otros invasores bárbaros.
Odoacro, el líder de los bárbaros foederati de los ostrogodos, viendo que los visigodos habían ocupado partes importantes de Hispania y Galia le pidió al nuevo emperador niño, Rómulo Augústulo, una tercera parte de Italia para asentarse. El nuevo césar se negó lo que provocó que Odoacro, tras la batalla de Pavía, lo destronase y se proclamase, con el beneplácito de oriente, Dux de Italia. Cierto es que muchas de las provincias occidentales eran gobernadas por germanos, que eran nombrados funcionarios romanos. Estos reyes bárbaros, aceptaban como un honor que se les otorgara el título de Patricio o de Cónsul y gobernar una provincia de un imperio que consideraban casi místico y que parecía indestructible.
Zenón, el emperador de oriente, nunca había aceptado a Rómulo como su colega tras el derrocamiento del anterior emperador, Julio Nepote. Hasta su muerte, Nepote era el teórico superior de Odoacro y el virtual emperador de occidente, pero el barco se hundía y ya no existía ni la sombra de lo que era Roma, plagada por una serie de bárbaros sin cultura alguna se fueron romanizando a su manera iniciando el largo camino a la conformación de las distintas "identidades nacionales" de los Estados Europeos continentales, pero al menos todos hermanados bajo la herencia común Romana. Personalmente por ello siento cierto cariño hacia el que fue el último Emperador del occidente romano antiguo: Rómulo Augústulo.

Por suerte Roma sigue viva en nosotros, así que no le hagamos un mal homenaje abandonando nuestras raices romanas para adorar a los falsos ídolos anglosajones y, por lo tanto, bárbaros. Hoy que habitamos juntos en la UE, bárbaros foederati.

1 comentario:

Rubén dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con tu reflexión final. No debemos dejar nunca de lado la herencia de Roma (del mundo grecolatino, diría yo), que tan profundamente define nuestra identidad no nacional, sino individual y comunitario. El concepto de ciudadanía es una de sus grandes aportaciones, basada en la igualdad otorgada por el Ius (el Derecho, la ley). Otra es nuestra lengua, en el fondo un latín deformado, y otra las bases teóricas de nuestras producciones culturales y el sentido de la estética.
En cuanto a la caída del Imperio, siempre me he compadecido de los acongojados ciudadanos del Imperio (un Imperio ya muy debilitado, con un poder central corrupto, cierto, aunque la decadencia fue más de Italia que de las provincias) que sufrieron los saqueos de los bárbaros. Imagino el terror que pasaron, indefensos ante la impunidad de los actos de los bárbaros. Ya lo dijo San Jerónimo cuando Alarico saqueó Roma en el 410: Una luz se apaga en el mundo... Comenzaban siglos oscuros hasta Carlomagno (pues la Plena y Baja Edad Media y el final de la Alta son para mí períodos culturalmente muy fructíferos).

Por cierto, si me permites quiero puntualizar que al Senado no hacía falta comprarlo para acceder al trono imperial: en el Bajo Imperio el Senado perdió el poco poder de acción que le había quedado desde Augusto y como ordo en sí acabó anulado en favor de nuevos grupos funcionariales. Con comprar a los ejércitos estaba todo hecho. En cuanto al peso de los "militares", cabe ser dicho que la vocación militar, como bien sabes, desde siempre fue un elemento fundamental para el triunfo en la política romana, ya desde la República. Lo que ocurrió durante la Anarquía militar fue que hombres de oscuros orígenes, como el propio Diocleciano, se hicieron con el poder tras una vida de servicio en el ejército partiendo de escalafones bajos.

Y un apunte final: Quien gobernaba de facto, a la sombra del títere Rómulo Augústulo era su padre Orestes, hombre promocionado por Julio Nepote que se volvió contra éste. Un Julio Nepote que siguió emitiendo moneda desde su exilio en Dalmacia hasta 477, actuando, aunque sin poder, como legítimo emperador.