domingo, 28 de junio de 2009

Escarlata y Negro.

El papel de la Iglesia durante la II Guerra Mundial siempre ha sido muy cuestionado por su ambigüedad. El importante papel que tuvo el Cardenal Secretario de Estado Pacceli, futuro Pío XII, en la firma de un Concordato con el III Reich para la protección del clero, del que tomó conciencia como Nuncio Apostólico de Su Santidad en la católica Munich. Pero la Iglesia no es solo el Santo Padre, él solo es la cúspide de la pirámide y el vicario de Cristo en la tierra, pero hay otros muchos feligreses y miembros de la Iglesia que si que hicieron mucho por muchos.
Esta es la historia del Miembro de la Compañía de Jesús Hugh O'Flaherty, que organizó toda una red de pisos para amparar a los heridos y prisioneros de guerra que llegaban a Roma en busca de refugio en la neutralidad vaticana.
En 1943 el Consejo Fascista y el Rey expulsaron a Mussolini del gobierno. El nuevo presidente del consejo de Ministros, el mariscal Badoglio, no tardó en buscar un armisticio con los aliados, lo que provocó la invasión del país por las tropas alemanas. Este hecho militar y político puso a prueba la neutralidad del Estado Vaticano que ahora tenía que convivir con las autoridades invasoras y no con las respetuosas autoridades Italianas. En Roma la cara de la ocupación fue el Coronel de las SS Hebert Kappler, sanguinario soldado que tenía en su haber el ser el pacificador de Bruselas y el artífice de la deportación de los judíos austríacos. Ahora dirigía Roma.
El desembarco en Italia y la lentísima campaña que le siguió hasta llegar a Roma fue una fuente constante de refugiados aliados que habían quedado separadas de sus lineas. Ante esto O'Flaherty no se quedó impasible. Empezó metiendo a pequeños grupos de refugiados en conventos y colegios, pero esto fue insuficiente y, con la ayuda del Consulado Suizo, de la Embajada Britanica y de muchos particulares organizó una extensa red de pisos francos en donde daba cobijo a los soldados aliados llegados a Roma, se corrió la voz de que el Vaticano estaba ayudando a estos soldados y la Gestapo se puso a investigar. Kappler conoció personalmente en varias fiestas a Monseñor O'Flaherty, muy aficionado a la vida social romana de donde sacaba fondos para su red de pisos o para ayudar a la castigada población judía. O'Flaherty ayudó personalmente a recaudar parte del oro exigido por los nazis a los judíos como "garantía" por su seguridad.
Pero las cosas no fueron nada fáciles puesto que varios miembros de la organización de O'Flaherty cayeron en manos de la Gestapo y fueron ejecutados, entre ellos dos sacerdotes, poniendo en serio peligro la organización. Pero el tesón del irlandés iba más allá de todo lo imaginable. Personalmente Keppler acudió al Vaticano para pedir interrogar al Jesuíta, pero Su Santidad le denegó todo acceso a O'Flaherty y éste no pudo salir del vaticano, al menos no sin un disfraz. Se atestigua que cruzó la línea blanca que separaba el Vaticano del mundo vestido de mendigo, cartero, carbonero, monja y hasta con el uniforme de las SS.

Claro que el tiempo no jugaba a favor de Kappler en esta partida, ya que pasadas las navidades del 43 los aliados se acercaron a Roma y la ciudad hubo de ser evacuada por los alemanes. Nervioso, Kappler temió por la seguidad de su propia familia que corría un peligro de muerte de caer en manos de los partisanos. Así que éste acudió a O'Flaherty para que diera auxilio a su mujer y dos hijos. Ahora la red de O'Flaherty sirvió para auxiliar a la familia de Kappler que fue puesta a salvo en Suiza sin que Kappler lo supiera hasta que sus captores americanos se lo comunicaron.
Kappler fue condenado a cadena perpetua en una prisión italiana. En su largo cautiverio, año tras año solo tuvo un solo visitante cada mes. Monseñor O'Flaherty. Herbert Kapplan se convirtió al catolicismo en 1958 y recibió el bautismo de manos del jesuíta irlandés. O'Fraherty fue honrado, y su labor reconocoda por los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia y nombrado comandante del Imperio Británico.

En un mundo en guerra a veces solo quedan los reproches y mucho se le ha reprochado a la Iglesia, pero estas acciones muestran que "la mayor aspiración de un hombre es ser humano" San Ignacio de Loyola.


4 comentarios:

Miércoles dijo...

Es que cuando un irlandés se pone cabezota, no le gana nadie.

David Alonso dijo...

Menos mal que alguien comenta mis artículos de religión...o con conexiones Religiosas. Gracias Miércoles, tienes toda la razón, cabezota por partida doble, religioso e irlandés.

Anónimo dijo...

excelente historia, y un buen cristiano

Anónimo dijo...

no es el poder de las razas, lo ke hace la diferencia de los hombre, es DIOS mismo kien actua atravez de nosotros solo hay que entregarce a el. dice tus juicios no son mis juicios...