viernes, 12 de febrero de 2010

El Rey triste.

Mucho se ha escrito sobre la vida y circustancias que rodearon a Eduardo VIII, Rey de Inglaterra durante 325 días en un período agitado de la historia, nada menos que 1936, por eso este mes la resvista Historia y Vida despliega un dossier intentando arrojar un poco de luz al tema. Recomiendo el artículo porque recorre la totalidad de la vida del personaje, sus intenciones, las hipótesis y una valoración de las mismas por la propia revista.
Comienza narrando la triste infancia de un infante educado para reinar, mediocre en los estudios pero inteligente y ambicioso. Falto de cariño, como todos los miembros de la triste monarquía victoriana, comenzó a desarrollar afecto por los placeres mundanos, las adulaciones y el peloteo, cosa que alcanzó su máxima expresión durante un viaje por la commonwealth ya como príncipe de Gales.
Su papel como príncipe tuvo claroscuros y quiso imitar las maneras de otras monarquías más autoritarias. Pasaba sus veranos en casa de "Tío Willy", el infame y aguerrido Guillermo II de Alemania, y su padrino era el autocrático Zar Nicolás II. Veía la política con muy buenos ojos, algo que preocupaba al establishment político de Westminster. La revolución rusa supuso el afianzamiento de posturas más autocráticas. Veía con agrado la instauración de un sistema autocrático en el Imperio Británico, si bien no tan parecido al Germánico-Prusiano o el Ruso, pero si que admiraba la forma de hacer política de su familiar político Alfonso XIII con quien se sentía muy cómodo en las habituales visitas que el monarca español hacía a la capital británica. Las ambiciones y las opiniones del joven Príncipe de Gales no habían pasado desapercibidas, sobretodo sus elogios al régimen nazi de Alemania. Tales preocupaciones llegaron a ser compartidas por su propio padre Jorge V quien, en su lecho de muerte, auguró la brevedad de su reinado: "Quiera Dios que cuando falte nada se interponga en el camino de Bertie (Príncipe Alberto y hermano pequeño de Eduardo) y Lilibeth (la actual Reina de Inglaterra). Parecieron proféticas sus declaraciones, pero no hizo nada por alterar la normal línea sucesoria al trono, puede que debido a la gran popularidad de la que gozaba el joven príncipe por acercarse a las masas obreras desde una posición siempre paternalista.
Una vez convertido rey su afición de frecuentar a mujeres casadas alarmó a Westminster que no paraba de ejercer la censura para que la imagen del joven monarca no saliera perjudicada por su lío y posterior romance con la divorciada americana Wallis Simpson. Hay hipótesis que apuntan a que Wallis Simpson solo fue una tapadera para obligar a Eduardo a abdicar, pero lo que si es cierto es que Eduardo sondeó la opinión pública de la Commonwealth en busca de apoyos para su matrimonio con la Americana sin éxito. Todas las naciones de la commonwealth le comunicaron que veían con muy malos ojos ese enlace y solo pudo obtener el apoyo de un leal Winston Churchill quien, años después, se arrepentiría de tal apoyo. El monarca llegó incluso a proponer que se celebrase un matrimonio morganático, de manera que Wallis no tuviera el título de reina y sus hijos fueran excluídos de la sucesión a la Corona. Propuesta también rechazada por el parlamento debido a su dudosa constitucionalidad. 
La gota que colmó el vaso del breve reinado de Eduardo VIII lo trajo la remilitarización de la Renania que suscitó un fuerte debate sobre las posibles respuestas. Se dice que la negativa del gobierno británico a hacer nada vino por las presiones del propio rey, sea como fuere, la cuestión es que durante el verano de 1936 existía una brecha entre Westmisnter y Buckingham. 
En octubre de 1936 la señora Simpson obtuvo el divorcio de su segundo marido provocando otro choque, esta vez el definitivo, entre el Rey Eduardo y el Gobierno de Stanley Baldwin por la decisión de éste de casarse con la divorciada Simpson. Baldwin le advirtió que la commonwealth, la iglesia anglicana y el pueblo se oponían a tal enlace. El rey quiso consultar al pueblo pasando por encima de su propio gobienro lo que provocó la decisión definitiva de la abdicación.
El 10 de diciembre de 1936 Eduardo VIII abdicó y dio explicaciones por la radio de la BBC. Acababan 325 días de reinado, un reinado que su padre ya había augurado breve. No había sido ni coronado por guardar luto por la muerte de Jorge V que, al final, vio satisfecho su deseo de ver al tartamudo Bertie (ahora Jorge VI) en el trono de San Jorge.

Pero quienes pensaban que con Eduardo fuera del trono se acabarían los problemas para una monarquía tocada con uno de los primeros escándalos modernos se equivocaba. Porque el joven ex-rey sería un personaje muy incómodo por su personalidad voluble a Wallis y sus inclinaciones filonazis. 
El artículo cuentra con magistral discurso cómo Eduardo vivió unos años de exilio dorado hasta que comenzó la guerra y fue instrumentalizado por unos y otros. Cómo fue de Inglaterra a París, de ahí a la Costa Azul, a España, a Lisboa y, finalmente a las Bahamas como Gobernador de las Islas hasta que acabase la guerra. 
Archivos recientemente desclasificados del MI5 indican que la Reina había mandado a Blunt a la Alemania de posguerra para recuperar toda la documentación sobre la relación de tío Edward y el régimen del Reich de los mil años. Pero lo que se consiguió sigue siendo un secreto. 

En fin, una lectura muy interesante que bien vale la edición de este mes de Historia y Vida. Narra la vida de un joven snob que al fin y al cabo no dejó de ser un infeliz toda su vida. Un personaje triste de los muchos que da a la Corona esa familia Real fría y estirada que entiende la labor de reinar como si fueran pontífices de la contrarreforma hasta el punto de seguir llamando a sus ciudadanos súbditos del glorioso y eterno Imperio Británico.

3 comentarios:

Iago López dijo...

Me alegra que tú también seas asidudo de "Historia y Vida"

David Alonso dijo...

Está muy bien, creo que de las de divulgación es la más seria y rigurosa.

Joaquín Mosquera dijo...

Opino como tú, David, de lo que hay, es lo mejor. Y también me compré el número.