domingo, 28 de marzo de 2010

El País y la cultura de la Democracia.

El proceso de Transición de la dictadura a la democracia no fue solo un proceso político, fue un proceso económico y social. Y dentro del cambio social se enmarca el cambio en el tratamiento de la información periodística.
El diario emblemático de la Transición fue Diario 16, pero como pasa en todos los procesos revolucionarios, la transición terminó devorando a sus hijos. A su hijo Suárez, a su partido UCD y a su periódico Diario 16. Pero en la formación de un auténtico periódico democrático moderno se encuentra la obra de El País. En poco tiempo de una prensa atada se pasó en este país a un pluralismo del mundo moderno en un proceso capitalizado y liderado por El País que, en unos casos arrastró hacia la modernidad a diarios ya existentes y, en otros, propició el ambiente periodístico en el que nacieron otros aunque de signo político distinto. 
En un informe realizado por la asociación europea de prensa, que compara la situación de pluralidad interna (dentro de un diario) y externa (dentro de la variedad de prensa del país) se llegó a la conclusión que en España hay una gran pluralidad externa, es decir una gran variedad de diarios que expresan un arco enorme de opinión; pero muy poco pluralismo interno dentro de los diarios, se permite muy poca disidencia dentro de  la línea editorial del diario. 
En 1976 se produjo la revolución en prensa escrita y radiofónica, que arrastró con lentitud a la TV. Se desmanteló del Ministerio de Información y se procedió a la venta de los diarios del Estado: trece de ellos fueron cerrados y diecisiete fueron vendidos entre 1976 y 1982. Los restantes fueron cerrados con la llegada del PSOE al poder en 1982. 
El detonante del cambio fue la fundación el 4 de mayo de 1976 del Diario El País, por iniciativa de José Ortega Spottorno. El Diario pertenecía al Grupo Editorial PRISA perteneciente a José Luis de Polanco, y estaba capitaneado por Juan Luis Cebrián. El País revolucionaría el mundo de la prensa al tener en plantilla a los periodistas más punteros de la época. Tuvo un éxito inmediato en los sectores políticos y culturales de la intelligentsia liberal y de izquierda, que tuvo en sus páginas un medio de difusión a su medida. 
La aparición de El País supuso una revolución en el mundo editorial que tiró de otros medios. Se nutría de profesionales liberales, funcionarios y medios universitarios que tanto criticaría Jiménez Losantos en su libro  "lo que queda de España". Pero supuso un acicate para medios que ya existían como fue el caso del diario ABC que resucitó bajo la dirección de Luis María Ansón. Si bien el ABC siempre tuvo y tiene el suplemento cultural puntero de la prensa española, fue el estilo inaugurado por El País el que hizo que se modernizase e hiciese más atractivo. El País supuso también un aliciente para la fundación de nuevos diarios que, manteniendo un estilo muy similar, se posicionaron en lineas editoriales distintas; este fue el caso de la fundación en 1989 del diario El Mundo, por un grupo de periodistas salidos del prestigioso y agonizante Diario 16, que quisieron con este nuevo diario posicionarse como una alternativa al hegemónico El País, y siguen intentando darle caza. Aún con la llegada al poder del PP en 1996, el Mundo siguió despertando el recelo de los sectores más críticos de la cultura española, quiso poner su línea editorial al servicio de un partido que contaba con un muy pobre bagaje intelectual y cultural.
El País, aun teniendo cierta parcialidad informativa, indisimulada en ciertos casos, y de su exclusivismo cultural, tuvo una factura excelente. Su información fue desde el primer momento superior a la de sus competidores. Acertó con la introducción de cuadernillos monográficos de interés, con la introducción de suplementos dominicales y, en 1991, de un nuevo suplemento cultural que mostraba las novedades editoriales y del panorama cultural: Babelia, que puede competir en pie de igualdad con el prestigioso y fantástico Blanco y negro  de ABC. 
El País, en definitiva, elevó el horizonte informativo y cultural de España. Parafraseando la campaña publicitaria de El Mundo me atrevo a declarar que El País puede gustar más o menos, pero sin él España sería muy distinta. No en vano el Diario tiene las alianzas estratégicas con los mejores diarios mundiales como New York Times, Le Monde o The Guardian. El País es, sin lugar a dudas, el diario de referencia mundial en lengua Española, y solo hace falta pasearse por los kiosokos del mundo adelante para darse cuenta que El País es el mejor Diario en lengua castellana.  

domingo, 21 de marzo de 2010

La República de Weimar.


En nuestro período escolar aprendemos que la República de Weimar es el período convulso de la historia alemana que va desde el final de la I guerra mundial hasta el ascenso del Nazismo. Aprendemos que nace de una derrota y que nace enfermo con muchos elementos en contra, que nace paralelo a una revolución de signo comunista espartaquista a la que tiene que hacer frente con ayuda de elementos radicales (los Freikorps), aprendemos que, de una manera muy muy tendenciosa, es la causa del ascenso del nazismo cuando realmente la República de Weimar no figura entre las causas del ascenso del nazismo, sino que fue su primera víctima. No una víctima de asesinato rápido como los muchos con los que cuenta en su haber el nazismo, sino su primera muerte lenta por una enfermedad degenerativa: el nazismo.
Por tanto, como la conocemos como el período después de..., antes de..., y donde asciende quien..., nos olvidamos de atender a qué es en realidad la República de Weimar.
Pero la república de Weimar fue el intento de la clase política moderada para construir un régimen político de posguerra que capease las duras condiciones de la paz de Versalles y llevase a Alemania a un lugar digno dentro de las relaciones continentales. La verdad es que lo tenía muy complicado y naufragó por dificultades externas (primero las crisis de Sarre y la inflación; luego el Crac de 1929) y zancadillas internas, es decir, por la acción de grupos sociales inmovilistas heredados de la guerra y de la época guillermina que veían en el nuevo régimen la depravación de los regímenes liberales aliados en un país de arraigada tradición militarista.
Nada más concluir la I guerra Mundial, Alemania cayó en una espiral de caos fruto de la abducación del Kaiser y del vacío de poder. En todas las regiones del Reich surgieron formas de gobierno de lo más pintoresco, pero especialmente violenta fue la reacción en Baviera, donde tras el derrocamiento de la monarquía local se estableció un régimen de corte soviético-leninista (La república soviética de Baviera) que,  liderada por Eugen Levine, duró muy poco debido a que la cancillería liderada por el socialdemócrata Friedrich Ebert llamó a los violentos Freikorps para sofocar el levantamiento. Entraron en Munich y fusilaron a Levine por traición; el experimento que pretendía unir las repúblicas soviéticas de Baviera, Austria y Hungría a la URSS había terminado.
Hay una cuestión en la que es necesario insistir. Es totalmente falso que el horror a la dictadura bolchevique fuese algo limitado a la derecha política. Tanto en Alemania como en otros países, como en la guerra civil española, los adversarios más coherentes de la tiranía bolchevique eran los socialdemócratas. El SPD aplaudió la llegada de Lenin al poder, pero inmediatamente después denunció el carácter atroz que el nuevo régimen estaba tomando. EL SPD rechaza lo que su periódico llamaba "socialismus asiáticus" y proclamaban su rechazo porque bajo ese sistema indeseable el pueblo se estaba muriendo de hambre. Otto Brown, socialdemócrata prusiano, denominaba al sistema como "manicomio ruso". La prensa socialdemócrata denunciaba la violencia utilizada contra los campesinos y contra los obreros descontentos, atribuir este tipo de denuncias solo a la derecha es negar el enorme valor de los socialistas de diversos países que intentaron dar a conocer los hechos del despotismo bolchevique en la época. 
La represión de los experimentos soviéticos en el Reich agrió las relaciones entre comunistas y  socialdemócratas hasta el punto que, con el advenimiento de los nazis en el poder, los comunistas recibieron órdenes desde Moscú de luchar codo con codo con los nazis contra los "socialfascistas" como llamaban a la socialdemocracia. Podríamos introducir en el mismo saco de miseria política y podredumbre ideológica a los nazis y los comunistas. 
Los socialdemócratas odiaban a los comunistas puesto que los veían como meros instrumentos de las "siniestras fuerzas moscovitas" y por su aparente fe en la salvación a través del empobrecimiento más absoluto.
La Alemania que había dejado la época imperial era un país industrial y avanzado que en lo político tenía un sistema de participación parlamentaria más abierto y liberal que el británico, pero que en el gobierno era más autocrático. Si en Rusia el gobierno se paralizase la población -en su mayoría rural- no se moriría de hambre, pero esto no pasaba en Alemania, de ahí que la socialdemocracia no se lanzase a los brazos de experimentos políticos de la mano de los comunistas, pensaban que los alemanes tenían más que perder que ganar de un experimento revolucionario que suponía una regresión en los derechos que ya existían en el II Reich Alemán. Los socialdemócratas no iban a poner en peligro los avances conseguidos en la época guillermina y la guerra para ir en busca de una Utopía. Los nuevos dirigentes de Alemania miraban hacia atrás además de mirar adelante y decidieron no seguir el camino que habían seguido los rusos y que llevaba al caos y la represión. 
La Asamblea Nacional Alemana se reunió en Weimar a mediados de enero de 1919 para redactar y aprobar una constitución republicana; una república democrática y federal, basada en el dualismo entre presidente y parlamento. La Asamblea eligió como primer Presidente del Reich al Socialdemócrata Ebert que llamó al también socialdemócrata Philip Scheidemann a formar gobierno. Un gobierno de coalición entre el SPD, los católicos del partido Zentrum y los liberales del Partido Democrático Alemán.
La presidencia estaba concebida como un cargo electo que tenía unos fines básicamente honoríficos, un cargo que llenaba el vacío dejado por la monarquía guillermina, aunque el Presidente tenía poder para disolver el parlamento, elegir el cargo de Canciller a personas que contasen con la confianza de la cámara y, en virtud del artículo 48, desplegar las fuerzas armadas y promulgar legislación de emergencia. En los inicios de la república de weimar Ebert lo utilizó 136 veces para configurar el nuevos sistema y siempre fueron en asuntos técnicos, mientras que Hindemburg no promulgó ninguno entre 1925 y 1930. Pocos pensaron entonces el posible mal que este artículo desempeñó cuando el viejo Mariscal falleció y dejó la puerta abierta al ascenso a Reichpressident del canciller Hitler. 
El Reichtag adoptó un sistema de elección proporcional que no tenía un mínimo del 5% para salir elegido, lo que situó en la cámara a multitud de partidos marginales, sin embargo el sistema no favoreció el ascenso del nazismo, no tanto más que otros sistemas. Estudios comparativos han señalado que con un sistema como el británico el partido nazi hubiera ganado las elecciones dos tres años antes.
El nuevo Estado no favoreció a las iglesias, ni protestante ni católica, lo que beneficiaba por omisión a los católicos, puesto que en el régimen guillermino eran los protestantes quienes gozaban de una situación privilegiada frente a otras confesiones por su alianza con el trono.
El sistema no era malo, de hecho muchas democracias actuales funcionan igual, la italiana y la alemana sin ir más lejos, pero la república de Weimar estaba herida de muerte nada más nacer por el Tratado de Versalles. 
Hay que entender que Alemania no fue invadido en la I guerra mundial. Se había rendido sin que ningún soldado aliado pisase su territorio, de ahí que muchos sectores se sintiesen engañados por la clase política que firmó el armisticio y los posteriores tratados de paz: la clase política de Weimar. Fue el crimen de noviembre como se conocerá en la dialéctica extremista de la época y un chascarrillo al que los partidos anti-sistema aludirán como fuente de todos los males que aquejaron a la débil república. El tratado fue tan humillante que el mensaje que desde los aliados se daba a Alemania es que era la continuación de la guerra pero por medios económicos, Las escisiones de territorio alemán que iban en contra del principio wilsoniano de las nacionalidades eliminaron cualquier atisbo de fe en el nuevo sistema internacional, por duras que fueran las condiciones económicas, más cuando el propio Senado de los Estados Unidos votó en contra de la ratificación de los tratados de Versalles. 
Los adversarios moderados del tratado intentaron la negociación para dejarlo sin contenido y esta fue la política durante los sucesivos cancilleres de Weimar, pero los enemigos acérrimos de la república se convencieron de que los "criminales de noviembre" eran los responsables de la derrota de Alemania y de aquel tratado de paz. La política exterior de la República era siempre muy corta de miras para quienes tenían tan insaciables expectativas, fue así incluso durante la época de Guillermo II , cuya política exterior nunca había sido lo suficientemente grandilocuente para los sectores ultranacionalistas que ahora habían declarado la guerra a la joven República. 
Un sistema que no era malo, solo tenía demasiados enemigos en el exterior y, más importante, el interior. Probablemente si la comunidad internacional no hubiera maltratado tanto el sistema de Weimar nos habríamos ahorrado muchos problemas, pero la realidad importa poco cuando la gente se deja arrastrar por la histeria. 

domingo, 14 de marzo de 2010

La grandeur perdida II: Europa es la solución.



Hace casi un año escribí una entrada en la que comentaba el lamentable papel que Francia había jugado en la II Guerra Mundial y, a raíz de ese papel y el más que patente colaboracionismo, los Aliados la habían excluído de las potencias vencedoras y con ello de las sucesivas reuniones que configurarían la posguerra. También había comentado como la coyuntura de la guerra fría había situado a Francia de nuevo como potencia ocupante de la Alemania vencida y cómo su incapacidad para desarmar y desmantelar Alemania, plan que no compartían los angloamericanos, le había conducido a un ingenioso plan B. Si Francia no podía eliminar el problema alemán, lo internacionalizaría. Si Francia no podía disponer de los recursos alemanes (para evitar que éstos sirvieran a un hipotético resurgir del poderío alemán) los pondría bajo un proyecto común para instrumentalizarlos, es decir, Francia se disponía a europeizar el problema alemán.
Francia tuvo un aliado de excepción para este proceso: Inglaterra. Si bien Inglaterra iba a ser un aliado por omisión más que por acción. En el continente a nadie se le escapaba que Inglaterra era el único país en enfrentarse y resistir en solitario, al menos unos años, al coloso hitleriano en su máximo apogeo. Y ello le confería un prestigio que ningún país continental podía igualar, y menos Francia que había caído en seis semanas. Por ello si el incipiente y vago proceso europeizador comenzaba a andar ningún país europeo le iba a negar a Inglaterra el liderazgo del mismo. Pero Inglaterra tenía otros planes a pesar de los discursos en pro del europeísmo del primer ministro británico Winston Churchill. Inglaterra había vuelto sus ojos a su imperio, ignorando la inercia de los tiempos, pensaba que podría mantener el Imperio bajo la sábana de la Commonwealth, es decir, crear una comunidad de estados independientes pero fuertemente dependientes del Gobierno de Su Majestad. El fracaso que esto supuso no es desconocido, por ello cuando el Mercado Común comenzó a dar sus frutos, Inglaterra se embarcó en otro fracaso: la EFTA. Fiel a su tradición librecambista de crear solo un mercado y no ir más allá en un determinado proceso de integración, Inglaterra se asoció con una serie de países inconexos y heterogéneos de la Europa periférica para crear un libre mercado: sería la Asociación europea de libre comercio que englobaba a Portugal, Suiza, UK y los países escandinavos con Islandia, vamos el sumun de la integración.
El plan francés era sumamente atractivo para la recién nacida RFA que encontraba en esa integración europea un ámbito en el que desarrollar su política exterior, encontrar su sitio en el mundo de posguerra alejándose de la sombra de la derrota y, más importante, tener un papel importante como uno de los grandes en un proyecto muy prometedor. Si bien el europeísmo era el alma de este proyecto, los incentivos para seguir adelante eran todos de "egoísmo nacional". Ya que tanto Francia como la RFA veían en la cooperación europea una salida a sus propios problemas. 
También fue un buen plan B ara el Benelux que veía como Inglaterra (esclava de sus propios problemas) se alejaba una vez más de la seguridad continental tras el fracaso operativo de la UEO. 
El Plan Schuman tardó cinco años en elaborarse y dada la poca importancia que las potencias vencedoras daban al Quay d'Orsay pasó muy desapercibido: el plan era sencillo en esencia, aunque necesitaba de toda la buena voluntad para ser operativo. Se proponía dejar toda la producción del carbón y el acero de Francia y Alemania bajo una misma autoridad supranacional abierta a la integración de otros Estados europeos. Schuman anunció su plan el 9 de mayo de 1950 (hoy día de Europa). Fue la venganza de Francia, ya que Inglaterra no fue informada y era la primera vez que Francia tomaba la iniciativa en las relaciones internacionales del continente. El gobierno alemán acogió el plan con entusiasmo, y con razón, ya que era la primera vez que Alemania podía participar en pie de igualdad en las relaciones de posguerra y, por encima, sería uno de los grandes de la futura organización. El Benelux aceptó, pero se mostraba un poco reticente al no estar Inglaterra, que declinó el plan Schuman, con lo que se rubricó el divorcio entre ambos lados del canal. Sin Gran Bretaña tampoco entraría Irlanda ni los países escandinavos. Italia, perdida en su encrucijada de no perdedora de la guerra, pero miembro de la alianza de Hitler, no dudó en entrar en un programa que garantizaba la vida y prosperidad de la industria del norte de Italia y un camino para normalizar sus relaciones internacionales. 
Tony Judt apunta que el bagage vital de los principales líderes de este proyecto, De Gasperi, Adenauer y Schuman, pertenecían a regiones fronterizas que habían cambiado de manos varias veces desde principios de siglo, así como el carácter multilingüístico y cultural del Benelux propició que no les costase mucho desprenderse de cierta Soberanía para construir un proyecto común: "lo seis países de la CECA habían visto su soberanía pisoteada e ignorada recientemente, durante la guerra y la ocupación, les quedaba poca soberanía que perder".
No pasaba lo mismo en las islas y con los países nórdicos que veían a la CECA como amenazantemente autoritaria. Por otra parte, no habían vivido la ocupación nazi ni británicos ni suecos y los que la vivieron lo hicieron de aquella manera, unas vacaciones de verano comparado con la ocupación holandesa. Por increible que pueda parecernos, los mandatarios de estos países señalaron como motivo del rechazo a unirse al plan el carácter mayoritariamente católico y continental del bloque, como si volviera la Europa de la guerra de los treinta años. Tage Erlander y el Premier Británico señalaron que, aunque veían con buenos ojos la integración política europea, veían una "internacional negra del catolicismo" detrás del proyecto. 
Pero el proyecto no era ni siquera relevante a nivel económico, era un proyecto político enmascarado por la economía para superar la hostilidad franco-germana y con ella alejar el fantasma de la guerra del continente. Era una suma de intereses individuales expuestos anteriormente y por ello salió tan bien, todos tenían algo que ganar. Es cierto que el plan era plenamente europeísta en la cabeza de Jean Monet, pero cada Estado instrumentalizó su sueño: el sueño de Europa. 
Sea como fuere los niveles de producción de pre guerra se consiguieron en menos de dos años y en otros dos se habían triplicado, gracias en gran medida a las necesidades bélicas de la guerra de Corea. Pero si realmente no era importante la CECA ¿Por qué el Reino Unido se negaba tan insistentemente en entrar? El caso es que el Reino Unido tenía un miedo atroz a la existencia de un poder ejecutivo continental encarnado en esa Alta Autoridad. Reino Unido no veía con malos ojos una unión aduanera y económica siempre y cuando fueran las delegaciones nacionales las que controlasen "esa unión económica", pero lo que no iba a tolerar era una autoridad independiente -que era el plan real de Jean Monet- y no lo iba a tolerar porque veía en esa alta autoridad un ariete del poder continental en las islas. Pero no todo eran paranoias políticas británicas sucesoras de complejos que siempre han tenido los hijos de la gran bretaña. Muchas de las reticencias también eran económicas, Inglaterra vivía en esos momentos una situación económica mucho más saneada que sus vecinos continentales gracias al comercio con la commonwealth. Las exportaciones británicas en 1947 superaban las de la suma de todos los países de Europa occidental. Por tanto a ojos de los economistas británicos, su país tenía más que perder en este negocio. La commonwealth era también el sello de identidad del Imperio Británico y nunca iba a entrar en un proyecto que pudiera desligarla o, al menos, desdibujar esa identidad de un presente imperial que comenzaba a ser pasado. 
Washington deseaba la integración británica en el plan europeo, y desdeñaba la actitud imperial británica por arcaica y obsoleta. Pero lo que Washington no veía era que Inglaterra no había sido invadida durante la guerra y no necesitaba rehabilitar su pasado como lo necesitaba el resto del continente. 
Es por lo que hay que entender la Unión Europea como una idea Continental, es un proyecto y un sueño continental. Por ello se entiende que los países periféricos que no habían sufrido la ocupación nazi (o los que la padecieron de forma muy benigna como Dinamarca o Noruega) no viesen motivos para la integración. Y hoy en día sigue siendo el motivo por el cual la UE se divide en países europeístas (los continentales) y euroescépticos (la periferia) y un gran ejemplo de esas tendencias la tenemos en los países que han rechazado entrar en el Euro: UK y los países escandinavos. 

viernes, 5 de marzo de 2010

Teledemocracia o de cómo primar los titulares sobre la política.


Siempre he pensado que gobernar es el arte de hacer feliz a la gente, visión de la  ilustración que me hace pensar en la política como algo bueno, algo que haga mejorar las cosas y no como un mal necesario. Pero los gobiernos de Europa y de Estados Unidos están cayendo en un populismo silencioso que avanza sin que la ciudadanía responda y reclame más responsabilidad y menos electoralismo. 
Sarkozy caló muy bien al Primer Ministro español: "no parece muy listo, pero gana elecciones" y es que Zapatero y Sarkozy se entienden muy bien ya que pertenecen al mismo tipo de políticos, es político de teledemocracia en donde predomina la imagen sobre los contenidos. Miembros del Gobierno de España quisieron escudarse en que la frase quería decir que Zapatero no era de la gauche divinne y no se perdía en matices de la intelectualidad de izquierdas que tanto gustan a los franceses, pero que no han ganado una elección desde Mitterrand. El caso es que no son los únicos miembros que pertenecen al reino de los titulares, ya que a él pertenece el Presidente Obama por la parte alta y el Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi por lo más bajo. 
La pericia de Zapatero para gestar titulares es hija de la picardía política de quien no ha tenido en su vida más trabajos que estar en la nómina del partido. Y se ha mantenido en los distintos cargos de una manera magistral, haciendo no pocos equilibrios y los pactos más inverosímiles .  Cuando dirigía el PSOE de León fue el artífice del "Pacto de la mantecada", llamado así por celebrarse en Astorga, donde Zapatero se mantuvo como secretario general del PSOE leonés al pactar justo con quienes habían propuesto su destitución. 
Zapatero ha demostrado ser un maestro de la política en los términos más maquiavélicos: mantenerse en el poder pese a todo y utilizando todos los medios a su alcance. No tiene casi ningún amigo político y como ha declarado Carlos Solchaga, cuando caiga Zapatero nadie llorará con él. Pero lo que poca gente le niega es que es un profesional de la política en el peor sentido de la palabra, lo que no significa que sea profesional en la labor política. 
Uno de sus ex ministros que ha colaborado con José García Abad en la realización del libro "El Maquiavelo de León" testimonia que Zapatero es uno de los personajes con mayor sentido del poder por el poder y nunca deja de pensar en cómo traducir las decisiones en votos; por eso no pudo elegir a Miguel Sebastián como ministro de economía en los arranques de la segunda legislatura, por la aplastante derrota que Solbes obtuvo contra Pizarro que le mantuvo en la Moncloa. Lo que el vanidoso presidente no le perdona al ex ministro es que tuviera que pedirle en público que no se fuera.
Como telepresidente que es, no es ajeno a la opinión que la prensa tiene de él y por eso no ha hecho como la vieja guardia socialista, es decir, no ha privilegiado a Prisa tanto como ésta hubiera querido de ahí el divorcio entre el prisoe y el flower-psoe de ZP donde el Presidente no tomó posición a favor de prisa en la nueva ley audiovisual ni en la guerra por los derechos del fútbol. Comenta con displicencia las críticas de la prensa a su persona y su política enmascarándolas en el desconocimiento que los periodistas tienen de todos los aspectos de la acción de política que se le oculta al gran público. Pero lo que si que molesta mucho al Presidente son las críticas de los medios del grupo Prisa. En uno de los testimonios que García Abad ha recogido se dice que el Presidente ha dicho en alguna ocasión, tras los enfrentamientos consabidos con Juan Luis Cebrián (Fundador de El País y consejero delegado del grupo PRISA) y las críticas en El País o la SER, que iba "a ir a por ellos, voy a cargarme PRISA" .
Pero en su guerra contra el grupo Prisa los diputados del psoe han tomado partido por Prisa y el Presidente ha tenido que plegarse a las posturas de Rubalcaba que, como secretario de prensa del psoe y el portavoz del gobierno con Felipe, algo de la prensa sabe. Zapatero desprecia la capacidad de llegar al electorado de El País, en varias ocasiones ha declarado a allegados: "El País solo lo leen funcionarios grises y desocupados profesores de secundaria" pero Rubalcaba le hizo ver la importancia de tener a la SER de su lado, ya que su capacidad de llegar a más electores era evidente, sobretodo el programa líder de la radio, Hoy por hoy. 
En un intento de reconciliación con la Cadena SER, el Presidente se sometió a la entrevista de mediocre sustituto de Iñaki Gabilondo, Carlos Francino, en donde su primer tiro a bocajarro fue preguntarle cuánto tienpo hacía que alguien no le decía que se equiviocaba, haciéndose eco de artículos en El País de la vieja guardia. Como fue el caso de Juan Carlos Rodriguez Ibarra que se quejaba que nadie del aparato del Partido se atrevía a ser honesto y decirle a Zapatero sus críticas u opiniones. 
El Presidente evita el enfrentamiento a toda costa y rara es la vez que dice "no", lo que hace es escuchar mucho y dar largas. Jordi Sevilla decía que siempre su interlocutor habla más que el Presidente, si su respuesta era un silencio, podías darte por perdido, sobretodo si éste sobrepasaba los treinta segundos. 


Para el Presidente del Gobierno, como buen líder de teledemocracia que está hecho, lo importante es "salir del paso" como ha declarado en varias ocasiones su ex ministra de Cultura, Carmen Calvo, ya que mañana será otro día. Como ciudadanos tenemos que luchar contra esta forma de hacer política, no podemos hacer que nos conformemos con los titulares grandiosos en el momento adecuado, tenemos que ir más allá para obligar a la clase política a desechar esta forma de hacer política ya que a la larga supone subordinar las política a largo plazo en pro de lo inmediato. Tal vez a base de educación para la ciudadanía se logre incentivar ciudadanos más críticos, yo sin duda lo intento. Tal vez su medida telegénica sirva para acabar con la forma de hacer política que mantiene al presidente en la Moncloa. Una política que es pan para hoy y hambre para mañana.