domingo, 14 de marzo de 2010

La grandeur perdida II: Europa es la solución.



Hace casi un año escribí una entrada en la que comentaba el lamentable papel que Francia había jugado en la II Guerra Mundial y, a raíz de ese papel y el más que patente colaboracionismo, los Aliados la habían excluído de las potencias vencedoras y con ello de las sucesivas reuniones que configurarían la posguerra. También había comentado como la coyuntura de la guerra fría había situado a Francia de nuevo como potencia ocupante de la Alemania vencida y cómo su incapacidad para desarmar y desmantelar Alemania, plan que no compartían los angloamericanos, le había conducido a un ingenioso plan B. Si Francia no podía eliminar el problema alemán, lo internacionalizaría. Si Francia no podía disponer de los recursos alemanes (para evitar que éstos sirvieran a un hipotético resurgir del poderío alemán) los pondría bajo un proyecto común para instrumentalizarlos, es decir, Francia se disponía a europeizar el problema alemán.
Francia tuvo un aliado de excepción para este proceso: Inglaterra. Si bien Inglaterra iba a ser un aliado por omisión más que por acción. En el continente a nadie se le escapaba que Inglaterra era el único país en enfrentarse y resistir en solitario, al menos unos años, al coloso hitleriano en su máximo apogeo. Y ello le confería un prestigio que ningún país continental podía igualar, y menos Francia que había caído en seis semanas. Por ello si el incipiente y vago proceso europeizador comenzaba a andar ningún país europeo le iba a negar a Inglaterra el liderazgo del mismo. Pero Inglaterra tenía otros planes a pesar de los discursos en pro del europeísmo del primer ministro británico Winston Churchill. Inglaterra había vuelto sus ojos a su imperio, ignorando la inercia de los tiempos, pensaba que podría mantener el Imperio bajo la sábana de la Commonwealth, es decir, crear una comunidad de estados independientes pero fuertemente dependientes del Gobierno de Su Majestad. El fracaso que esto supuso no es desconocido, por ello cuando el Mercado Común comenzó a dar sus frutos, Inglaterra se embarcó en otro fracaso: la EFTA. Fiel a su tradición librecambista de crear solo un mercado y no ir más allá en un determinado proceso de integración, Inglaterra se asoció con una serie de países inconexos y heterogéneos de la Europa periférica para crear un libre mercado: sería la Asociación europea de libre comercio que englobaba a Portugal, Suiza, UK y los países escandinavos con Islandia, vamos el sumun de la integración.
El plan francés era sumamente atractivo para la recién nacida RFA que encontraba en esa integración europea un ámbito en el que desarrollar su política exterior, encontrar su sitio en el mundo de posguerra alejándose de la sombra de la derrota y, más importante, tener un papel importante como uno de los grandes en un proyecto muy prometedor. Si bien el europeísmo era el alma de este proyecto, los incentivos para seguir adelante eran todos de "egoísmo nacional". Ya que tanto Francia como la RFA veían en la cooperación europea una salida a sus propios problemas. 
También fue un buen plan B ara el Benelux que veía como Inglaterra (esclava de sus propios problemas) se alejaba una vez más de la seguridad continental tras el fracaso operativo de la UEO. 
El Plan Schuman tardó cinco años en elaborarse y dada la poca importancia que las potencias vencedoras daban al Quay d'Orsay pasó muy desapercibido: el plan era sencillo en esencia, aunque necesitaba de toda la buena voluntad para ser operativo. Se proponía dejar toda la producción del carbón y el acero de Francia y Alemania bajo una misma autoridad supranacional abierta a la integración de otros Estados europeos. Schuman anunció su plan el 9 de mayo de 1950 (hoy día de Europa). Fue la venganza de Francia, ya que Inglaterra no fue informada y era la primera vez que Francia tomaba la iniciativa en las relaciones internacionales del continente. El gobierno alemán acogió el plan con entusiasmo, y con razón, ya que era la primera vez que Alemania podía participar en pie de igualdad en las relaciones de posguerra y, por encima, sería uno de los grandes de la futura organización. El Benelux aceptó, pero se mostraba un poco reticente al no estar Inglaterra, que declinó el plan Schuman, con lo que se rubricó el divorcio entre ambos lados del canal. Sin Gran Bretaña tampoco entraría Irlanda ni los países escandinavos. Italia, perdida en su encrucijada de no perdedora de la guerra, pero miembro de la alianza de Hitler, no dudó en entrar en un programa que garantizaba la vida y prosperidad de la industria del norte de Italia y un camino para normalizar sus relaciones internacionales. 
Tony Judt apunta que el bagage vital de los principales líderes de este proyecto, De Gasperi, Adenauer y Schuman, pertenecían a regiones fronterizas que habían cambiado de manos varias veces desde principios de siglo, así como el carácter multilingüístico y cultural del Benelux propició que no les costase mucho desprenderse de cierta Soberanía para construir un proyecto común: "lo seis países de la CECA habían visto su soberanía pisoteada e ignorada recientemente, durante la guerra y la ocupación, les quedaba poca soberanía que perder".
No pasaba lo mismo en las islas y con los países nórdicos que veían a la CECA como amenazantemente autoritaria. Por otra parte, no habían vivido la ocupación nazi ni británicos ni suecos y los que la vivieron lo hicieron de aquella manera, unas vacaciones de verano comparado con la ocupación holandesa. Por increible que pueda parecernos, los mandatarios de estos países señalaron como motivo del rechazo a unirse al plan el carácter mayoritariamente católico y continental del bloque, como si volviera la Europa de la guerra de los treinta años. Tage Erlander y el Premier Británico señalaron que, aunque veían con buenos ojos la integración política europea, veían una "internacional negra del catolicismo" detrás del proyecto. 
Pero el proyecto no era ni siquera relevante a nivel económico, era un proyecto político enmascarado por la economía para superar la hostilidad franco-germana y con ella alejar el fantasma de la guerra del continente. Era una suma de intereses individuales expuestos anteriormente y por ello salió tan bien, todos tenían algo que ganar. Es cierto que el plan era plenamente europeísta en la cabeza de Jean Monet, pero cada Estado instrumentalizó su sueño: el sueño de Europa. 
Sea como fuere los niveles de producción de pre guerra se consiguieron en menos de dos años y en otros dos se habían triplicado, gracias en gran medida a las necesidades bélicas de la guerra de Corea. Pero si realmente no era importante la CECA ¿Por qué el Reino Unido se negaba tan insistentemente en entrar? El caso es que el Reino Unido tenía un miedo atroz a la existencia de un poder ejecutivo continental encarnado en esa Alta Autoridad. Reino Unido no veía con malos ojos una unión aduanera y económica siempre y cuando fueran las delegaciones nacionales las que controlasen "esa unión económica", pero lo que no iba a tolerar era una autoridad independiente -que era el plan real de Jean Monet- y no lo iba a tolerar porque veía en esa alta autoridad un ariete del poder continental en las islas. Pero no todo eran paranoias políticas británicas sucesoras de complejos que siempre han tenido los hijos de la gran bretaña. Muchas de las reticencias también eran económicas, Inglaterra vivía en esos momentos una situación económica mucho más saneada que sus vecinos continentales gracias al comercio con la commonwealth. Las exportaciones británicas en 1947 superaban las de la suma de todos los países de Europa occidental. Por tanto a ojos de los economistas británicos, su país tenía más que perder en este negocio. La commonwealth era también el sello de identidad del Imperio Británico y nunca iba a entrar en un proyecto que pudiera desligarla o, al menos, desdibujar esa identidad de un presente imperial que comenzaba a ser pasado. 
Washington deseaba la integración británica en el plan europeo, y desdeñaba la actitud imperial británica por arcaica y obsoleta. Pero lo que Washington no veía era que Inglaterra no había sido invadida durante la guerra y no necesitaba rehabilitar su pasado como lo necesitaba el resto del continente. 
Es por lo que hay que entender la Unión Europea como una idea Continental, es un proyecto y un sueño continental. Por ello se entiende que los países periféricos que no habían sufrido la ocupación nazi (o los que la padecieron de forma muy benigna como Dinamarca o Noruega) no viesen motivos para la integración. Y hoy en día sigue siendo el motivo por el cual la UE se divide en países europeístas (los continentales) y euroescépticos (la periferia) y un gran ejemplo de esas tendencias la tenemos en los países que han rechazado entrar en el Euro: UK y los países escandinavos. 

3 comentarios:

Vitrubius Volante dijo...

Buen artículo, David.

Jacobo dijo...

Pero qué claritas dices las cosas...

Paula dijo...

Estupendo artículo!!