lunes, 5 de julio de 2010

La presidencia que el Tratado de Lisboa necesitaba.

España ha terminado su presidencia semestral y que la haya terminado es todo un éxito, aunque la presidencia en si misma podría calificarse como catastrófica hay elementos que nos podrían ayudar a realizar un análisis más optimista. 
El primero de los argumentos que podríamos esgrimir es que ésta ha sido la primera presidencia con el Tratado de Lisboa en vigor. Tratado que establece por primera vez un Presidente del Consejo permanente y, aunque los políticos nacionales dicen que su prioridad es ayudar a los nuevos funcionarios, a nadie se les escapa que, de haber podido, el gobierno de España hubiera dirigido con mano de hierro su presidencia sin ser tan gentil con los funcionarios comunitarios permanentes. Pero la aguda crisis económica y las dudas sembradas en los mercados de deuda soberana con respecto a nuestro país provocó que el Tratado de Lisboa se pusiese en práctica al pie de la letra sin injerencia del gobierno. Aunque fuese por un efecto secundario, España, por incapacidad más que por deseo propio, ha propiciado la puesta en marcha del Tratado de Lisboa, algo que un país que contase con un ejecutivo en mejor posición podría haber retrasado.
Otra cualidad que ha tenido la presidencia de turno es que, aunque en un principio estuvo marcada por un fuerte carácter político, tras acuciar los asuntos nacionales, ésta tendencia mutó dando el control de la presidencia al personal técnico. La dirección de la presidencia pasó de los políticos a los funcionarios de alto rango en Bruselas, por lo que aunque rebajó el perfil de la misma, dio unos frutos modestos pero significativos. Los frutos a los que me refiero es la reacción ante la grave crisis griega y la formulación de planes para rescates futuros. Se puso sobre la mesa la necesidad de una política fiscal y económica común y, aunque no se crearon grandes planes, se cimentaron pequeñas reformas encaminadas al tal fin. 
No voy a negar que hubo una reacción tardía y torpe a la crisis griega y que ésta creó el miedo al contagio a los países del Mediterráneo e Irlanda, pero esta torpeza hay que achacarla a que se buscaron soluciones en los líderes nacionales más significativos como Merkel o Sarkozy que pensaron en clave nacional y no europea. Se pidió una solución comunitaria a líderes nacionales. Merkel estaba más pendiente de las elecciones de Westfalia que de la recuperación griega, y eso que la mayor parte de la deuda soberana griega mora en bancos alemanes, por lo que perdió doblemente. Perdió Renania-Westfalia y perdió todo el crédito que tenía en el ecofin. 
Este fracaso, unido a las serias dudas que acuciaban al gobierno español hizo que entrasen en juego los técnicos de ecofin y que ellos edificasen, junto con el BCE, planes como el fondo de ayuda bancaria, la colaboración fiscal, un plan estructurado y vinculante sobre el déficit y, por último, una agenda para crear un gobierno económico común. Se ha empezado a hablar de sanciones y de pérdida del derecho a voto en el consejo para quienes incumplan los objetivos marcados por el ecofin. Aunque para los más ambiciosos esto todavía está muy lejos de configurar un gobierno económico común para los países de la zona Euro, supone un importante paso al frente al asumir la necesidad y la voluntad de comenzar a configurar este proyecto. 
Zapatero solo consiguió un triunfo personal en esta presidencia y fue la publicación de los resultados de los test de fortaleza de los bancos de la UE, donde los mejor parados fueron los españoles y donde se evidenció que diez grandes bancos alemanes pidieron enormes sumas de dinero. Pero el gran regalo que Zapatero hizo a la Unión fue su mediocridad. Con ella la Unión se libró de la tutela de los Estados para comenzar a andar sin ruedines en un proceso que había sido marcado por el Tratado de Lisboa y que, como ha sido habitual en los sucesivos tratados, ahonda en el proceso de integración, ahora en lo económico. Para todos los economistas era evidente que una moneda única hacía indispensable un solo gobierno económico, pero la bonanza económica nos anestesió haciendo que postergáramos las reformas necesarias, hasta que fue demasiado tarde y hubo que aprender por las malas. 
Así que, puede que la derrota de los gobierno nacionales haya dado paso, al fin, a la integración. 


Y es que ésta ha sido la presidencia discreta, y eso no tiene por qué ser malo. Europa se ha construido con pequeños pasos discretos que han cimentado los grandes discursos. La clase política nos tiene acostumbrado a grandilocuentes discursos, a grandes hazañas y a grandes proyectos. Pero en una Europa que ha funcionado bien cuando ha crecido mediante pequeños pasos, no le viene mal tomarse un respiro y volver a los pequeños pasos. Se han hecho grandes cosas en poco tiempo y eso ha distorsionado el pulso de los acontecimientos. A mi parecer, se han acometido grandes proyectos de forma atropellada. Se ha producido una ampliación demasiado ambiciosa para la que no estábamos preparados, con ella un cambio de tratado que ha fracasado y, en medio, ha puesto a andar la moneda única, que ha funcionado cuando la economía vivía tiempos de bonanza. Ahora que nos encontramos en una crisis es la hora de regresar a los objetivos modestos pero realizables para construir poco a poco una Europa más sólida. 

2 comentarios:

Jaime dijo...

Me parece un buen resumen de la presidencia de Zapatero en Europa. La verdad es que escribes muy bien y todo lo expones de forma diafana. Todo bien clarito y lejos de las palabras vacias. Te animo a que sigas escribiendo.

David Alonso dijo...

Gracias Jaime, intento tener un blog majo aunque modesto. Con que me leáis ya es una recompensa para mi.