domingo, 8 de mayo de 2011

Promesas cumplidas.

La música ha dejado de tocar en el Palacio de Buckingham y los inquilinos de Downing Street han tenido que volver a la cruda realidad. Unos más que otros, porque esta semana se cumple la más importante promesa del pacto de coalición entre conservadores y liberales: el referéndum sobre la reforma del sistema electoral. Ya lo había comentado en su día cuando fueron las elecciones británicas, pero ahora el hecho de que se trata de un regalo envenenado es más obvio que nunca. 
Escrutados los votos del referéndum dan una aplastante victoria del no a la reforma electoral por un 70%, si a esto le unimos el descalabro electoral en las elecciones locales británicas de los liberal-demócratas obtendremos unas interesantes conclusiones. 
El electorado ha responsabilizado del duro ajuste presupuestario a los liberales frente a los conservadores, porque los votantes ven a Clegg como el responsable del advenimiento de los conservadores a Downing street. Las bases ya estaban divididas antes de este referéndum y muchos pensaban que la posibilidad de una reforma del sistema electoral bien valía el sacrificio de compartir cama política con los tories. Pero ahora que el referéndum ha sido un fiasco y las elecciones locales una debacle, esta alianza en Downing St. ya no parece tan ventajosa. Los únicos que han salido ganando de esta coalición han sido los tories. Han conseguido un gobierno estable y un viceprimer ministro bastante leal, le han empujado a traicionar su programa electoral por el bien de la coalición y Clegg, todo un caballero, ha sacrificado su ideario y el de su partido por una promesa: la reforma del sistema electoral británico. 
Como ya expliqué en su día, el sistema electoral británico, basado en la fórmula first pass the post, divide el Reino en 650 circunscripciones donde se presenta solo un candidato por cada una de ellas, con lo que el que gana es quien se lleva el escaño. Es un sistema mayoritario y no proporcional, pero al menos los tres candidatos luchan en igualdad de condiciones y en muchos lugares no se limita a una lucha tories-labour. Esto dio al Reino una grandísima estabilidad a la hora de formar gobierno. Solo en 1971 hubo un gobierno en minoría de los laboristas que corrigieron en unas tempranas elecciones anticipadas. Los liberales intentaban realizar una reforma como la que se introdujo en Australia en la que cada votante ordena a los candidatos por preferencia; pero la aversión que los británicos tienen a los gobiernos en coalición dieron al traste con las aspiraciones liberales. 
Los conservadores salieron ganando hace un año, no le prometieron a los liberales la reforma electoral (que no les interesaba), sino que les prometieron la convocatoria de un referéndum que podría abrir una reforma. Y ya en su día apunté que esto iba a pasar. 
Los conservadores hicieron campaña por el no, porque un sistema que introdujera una cierta proporcionalidad abría la puerta a mayorías de una coalición liberal-laborista, ésta mucho más lógica por afinidad ideológica. 
Los laboristas hicieron campaña por el no, pero con la boca pequeña, porque sus votos con el sistema actual están sobre representados en Escocia. Gracias a la presente distribución de circunscripciones, los laboristas consiguen con un porcentaje menor de los votos más número de escaños gracias al reducido tamaño de las circunscripciones en los núcleos industriales del norte de Inglaterra y de Escocia, por lo que le asegura una sólida base electoral. 
Por tanto, parece que solo el electorado liberal-demócrata y cierta parte de los laboristas veían con buenos ojos una reforma del sistema electoral. 
¿Cuáles serán las consecuencias de esta derrota liberal? 
Pues la primera supongo que será la búsqueda de mayor independencia del viceprimer ministro Nick Clegg que, de pronto, ha declarado que no apoyará una reforma del Sistema Nacional de Salud. Curiosas declaraciones tras un año de silencio y, dado que es el punto de mayor divergencia entre tories y liberales, se esperaría un mayor debate. Pero la lealtad o sumisión (depende de a quien se le pregunte) de Clegg habían acallado el debate. Esta búsqueda de mayor independencia del viceprimer ministro puede ser también una maniobra de supervivencia política, porque no son pocas las voces dentro de su partido que le apuntan personalmente como el responsable de la presente situación de los liberales y claman por un cambio de líder. 
Un cambio de líder auspiciado por la pérdida de más de setecientos concejales. Los liberales han dejado de ser el partido del voto de castigo a donde acudían cuando el desencanto hacía mella en tories o laboristas. Es el duro precio que ha de pagar todos los partidos menores que entran en el juego del poder, el del castigo electoral por sus errores. El principal de Clegg es ser el escudo humano de David Cameron, que ha sabido utilizar a su socio de gobierno para parar todos los golpes que su política de austeridad está provocando. 
Muchos dicen que con este ambiente la coalición no durará los cinco años de legislatura. Y hay muchos tories encantados de provocar unas elecciones anticipadas, ahora que los liberales están en las últimas y que pueden asegurarse una mayoría absoluta. Los laboristas no miran mal esta opción porque saben que recogerán los votos descontentos de los liberales, con lo que podrán formar una oposición en condiciones y reconducir a su partido a la única opción viable de gobierno socialdemócrata tras el desastre de los liberales. 
Nick Clegg se encuentra en un papel difícil, porque si ahora pasa a ser un duro opositor de los recortes de los tories, provocará que cada vez haya más voces dentro del partido conservador a favor de volar por los aires la coalición y de convocar elecciones anticipadas, con lo que sería el final de la vida política de Clegg a nivel nacional. 
El gran vencedor ha sido David Cameron, quien había sido tildado de débil por el pacto con los liberales. Ahora aparece como el líder maquiavélico que más que pactar se sirvió de su socio menor para llevar a cabo duras reformas y no salir lesionado electoralmente. 
Sea como fuere veremos la evolución de la política británica, otra vez, con una atención renovada y con la pasión que los enfrentamientos políticos levantan en los países anglosajones, mezcla de pela de pub y duelo de caballeros. 

3 comentarios:

Miércoles dijo...

Pues aquí va el comentario de la corresponsal en el RU :-)

Por lo que me cuentan, el desastre en el referéndum sobre referendos (será así el plural?) fue fundamentalmente porque casi nadie consiguió entender el sistema que se propuso como alternativa. Parece que no sólo pretendían incluir la posibilidad de poner varias opciones, también intentaron un recuento más proporcional, híbrido extraño entre ley D'Hondt y proporcionalidad directa.

En cuanto a la caída en las municipales, tiene que ver con que quienes votaron a los Lib Dem, lo hicieron porque no creían en ninguno de los principales partidos y confiaron en los liberales para que vigilasen al partido en el poder cuando se pasase. De ahí también que en las elecciones al parlamento escocés celebradas el mismo día todos perdieron votos menos los nacionalistas y los verdes.

En cuanto a la reforma sanitaria, se opusieron antes, pero se les oye mucho más desde que se empezaron a recoger firmas y todo tipo de protestas desde los hospitales y centros de salud ingleses (al resto no nos afecta). La verdad es que es una animalada sin nombre.

David Alonso dijo...

Gracias por la aportación, ya sabes que cuento contigo para plasmar la información a pie de isla. No obstante, yo había leído que desde que Cameron tuvo el problema médico con su hijo pequeño, éste había moderado mucho su postura sobre el Sistema Nacional de Salud.

Miércoles dijo...

Ahora t aclaro la duda... Cameron no quiere hacer recortes de personal, pero sí que quiere hacer el servicio más eficiente. El problema es lo que él considera como solución eficiente. Su propuesta consiste en sacudirse de encima a los gerentes que durante años han llevado las Fundaciones hospitalarias y dar el poder de decisión en lo que a presupuestos se refiere a los médicos de cabecera. Otra idea es rebajar el nivel de formación académica de muchos profesionales sanitarios para así justificar una reducción salarial (como pasarlos de funcionario clase A a clase B, vamos).