sábado, 17 de marzo de 2012

Se busca, vivo o muerto.

El Tratado de Estabilidad Presupuestaria aprobado por 25 de los 27 miembros de la UE eleva a categoría legal una teoría económica. Los ministros conservadores de la UE, y la acongojada minoría socialdemócrata, han elevado a los altares una de muchas teorías económicas partiendo de la errónea base de que la economía es una ciencia exacta, cuando en realidad es una ciencia social. Pensar que una de las muchas teorías económicas es la acertada constituye un error, porque lo que funciona para un país o sociedad no tiene por qué funcionar siempre. Sin ir más lejos, este experimento de austeridad llevó a la pobreza a Iberoamérica en los ochenta. Otro ejemplo más lo constituye la comunista Rumanía de Ceaucescu que, entre los aplausos occidentales y de las grande organizaciones financieras, devolvió el total de su deuda externa hundiendo el país en la extrema pobreza y ahondando aún más en las causas de la pobreza estructural y endémica del país balcánico. Por lo tanto y, aunque no estoy para nada de acuerdo con esta teoría económica, no defiendo que no sea apto para muchas situaciones, pero desde luego no se trata de la única teoría económica posible. 
La mayor parte de los países comunitarios van a ratificar el pacto de estabilidad presupuestaria por la vía parlamentaria porque ya sabemos que al pueblo lo carga al diablo y en democracia solo debemos preguntarle cuando sabemos su respuesta. Pero la Constitución de la República de Irlanda establece que cualquier cesión de Soberanía ha de ser plebiscitada. La pregunta que presentará el Taoiseach (Primer Ministro) a su pueblo no es si Irlanda debe continuar en Euro, no es si Irlanda debe fijar el 0'5% como déficit estructural máximo. La pregunta es si deben los irlandeses declarar ilegal una cierta forma de pensamiento. Se trata de prohibir el criterio económico dominante en el continente europeo desde el final de la II Guerra Mundial, que es la filosofía de John Maynard Keynes sirve como estructura intelectual de la mayoría de los europeos de centro-izquierda y de los demócratas del New Deal en Estados Unidos. Y va a ser prohibida mediante un tratado internacional, como las minas antipersonas o el tráfico de esclavos. 
Prohibir el Keynesianismo tras la crisis del 2008 es como prohibir los chalecos antibala tras un tiroteo en palabras de un columnista del Irish Times. 
La idea de Keynes es que los gobiernos deben aplicar políticas contracíclicas, de forma que en época de crisis gestionen el déficit para animar a la economía y en épocas de bonanza recorten los gastos de unas economías sobrecalentadas. Lo que hace el llamado pacto fiscal es prohibir las políticas contracíclicas.
Aunque se pueda pensar que la teoría de Keynes es desacertada, hay que preguntarse si es pertinente elevar una ortodoxia popular al estatus de ley. Considero que se trata de un oportunismo ideológico extremo, utilizar la crisis para transformar lo que es solo un punto de vista económico en un hecho indiscutible. 
Se están llevando a cabo consideraciones absolutas sin tener en cuenta las circunstancias e intentar hacer de esto un hecho jurídico es una barbaridad. Por ejemplo, Japón tiene una deuda pública del 230% y no tiene ningún problema para acudir a los mercados de deuda para financiarse a un interés muy bajo. Lo que hace el nuevo tratado es considerar que las circunstancias de cada país son irrelevantes, y consideran un nivel de deuda arbitrario como el óptimo para 25 economías y presupuestos sumamente dispares. 
Ni la Comisión ni los impulsores del pacto se molestan en explicar por qué han fijado unos límites y no otros de deuda y de déficit. No se dan cuenta que ya existía un pacto fiscal desde el 2001 que Francia y Alemania han quebrantado sistemáticamente. 


En suma, lo que hace este tratado y la ideología conservadora que barre el continente en estos momentos es intentar convencer a la ciudadanía que su opción económica es la única viable e intentan elevar la economía al estatus de ley exacta cuando es una ley social. Por eso están aterrorizados de que la victoria de Hollande en Francia eche por tierra el pacto fiscal y que la gente se percate de que la austeridad no es un mandamiento sino solo una opción política. 

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