miércoles, 30 de enero de 2013

Divorcio europeo.


 

La semana pasada David Cameron anunció algo de lo que llevaba hablando mucho tiempo: proponer un referéndum en el Reino Unido sobre la permanencia del país en la UE.
El debate sobre el encaje del Reino Unido en la Comunidad Europea viene de lejos, tan de lejos que supone un defecto de fábrica.
Para la mayor parte de los países continentales la Comunidad Europea ha supuesto un hito en el devenir de su historia reciente.
Para Francia y Alemania supuso la reconciliación tras tres guerras que, desde 1871 hasta 1945, enfrentaron a las dos potencias continentales y arrastraron al resto del mundo a dos guerras mundiales. Supuso la rehabilitación de su política exterior. 
Francia pudo librarse del estigma de vencedor de segunda fila a la sombra del Reino Unido en Europa y de Estados Unidos en materia de seguridad. Para Alemania significó la creación de una política mínimamente autónoma de la dinámica de la Guerra Fría, donde la división del Reich en dos países -uno capitalista y otro comunista- era el símbolo de un mundo bipolar.
La adhesión de los países del sur de Europa en la década de los ochenta supuso la salida del ostracismo al que longevas dictaduras había relegado y las ayudas de la Comunidad significaron no solo el afianzamiento de los regímenes democráticos en el Mediterráneo europeo, sino la prosperidad y el abandono de años de atraso.
Un caso similar sucedió en los años noventa. La asimilación por la puerta trasera de la antigua DDR en Alemania y, consecuentemente en la CEE, fue una reunificación financiada por la Comunidad con el recelo de Miterrand y Thatcher.
En la primera década del siglo XXI, la entrada en bloque de doce países de la órbita ex soviética fue un episodio análogo a lo sucedido en los países mediterráneos. La adhesión consolidó las democracias en la Europa Eslava y la entrada en el club de naciones occidentales. Incluso la entrada de Chipre fue vista con la esperanza de escapar de los tentáculos turcos.
Por esto, el proyecto europeo ha gozado de gran popularidad entre sus ciudadanos. Salvo para un cierto grupo de países.
Dinamarca se adhiere a la Comunidad Europea debido a los enormes lazos geográficos y económicos con Alemania. La entrada de Austria en 1995 responde a los mismos criterios. Era inconcebible que el país alpino, a caballo entre dos de las mayores economías de la Unión -Alemania e Italia- se quedase fuera.
Pero la historia del Reino Unido con el proyecto europeo es la historia de un fracaso.
El discurso de unos Estados Unidos de Europa que propuso Churchill quedó en nada ahogado por la dinámica de la Guerra Fría. El Reino Unido, tras la contienda, se encerró en su insularidad a pesar de las desesperadas llamadas de atención que venían del otro lado del canal, principalmente de Bélgica y Holanda.
Los pequeños países que crearían el Benelux deseaban integrarse en una alianza militar capitaneada por UK, de la que Francia también formase parte. Con ese fin nació la UEO (Unión Europea Occidental) como una alianza militar cuyo objetivo era contener el potencial alemán. Pero las políticas de la Guerra Fría hicieron que la alianza militar europea quedase en nada tras la firma del Tratado de Washington por el que se creaba la OTAN y, con ella, el compromiso de Estados Unidos en la defensa del continente. Por tanto, el compromiso británico con el continente fue sustituido por Estados Unidos.
El Reino Unido se fue alejando poco a poco de la política continental. Los británicos estaban perdiendo su imperio colonial y, con él, parte de su esencia. La deriva identitaria británica había comenzado.
El Reino Unido debía buscar una política exterior que colmase sus aspiraciones globales. Con el Imperio en descomposición la solución fue la Commonwealth de naciones que ataba a la isla a su antiguo imperio colonial. Pero el Imperio no daba salida a todas las necesidades del Reino, ya que salvo Canadá y Australia, los demás países no suponían un mercado para los productos británicos. Al otro lado del canal la experiencia del Mercado Común estaba dando sus frutos, pero había algo en el Plan Schuman que no gustaba en Londres: la cesión de soberanía.
El Reino Unido no se había desangrado por su independencia en la II Guerra Mundial para, en tiempos de paz, ceder soberanía a un proyecto continental.
Quien más o quien menos en el continente había visto pisoteada su soberanía durante el siglo XX, a esto hay que sumar el hecho de que los líderes fundadores del Mercado Común habían nacido en regiones que habían cambiado de manos durante esta centuria. Por tanto, a los pueblos de Europa la cesión de soberanía les parecía un precio razonable a pagar si el resultado era evitar una nueva guerra. Esta mentalidad no existía en el otro lado del canal. Al contrario, la Guerra había sido todo un episodio de resistencia, de afianzamiento nacional frente a unas fuerzas que, otra vez, provenían del continente.
Por eso mismo el Reino Unido despreció el proyecto europeo. Buscó un proyecto ad hoc y se unió a otros Estados que no deseaban una unión tan estrecha. Nació así en 1959 en Estocolmo la EFTA, la Asociación Europea de Libre Comercio, con el fin de establecer una unión aduanera y arancelaria sin mayor integración política. Los resultados de la EFTA fueron razonablemente buenos, pero mediocres si se compara con la bonanza que disfrutaban los Miembros de la CEE. Salvo los países Escandinavos, los miembros de la EFTA eran una masa informe de relaciones económicas, cosa que propició su declive.
Las presiones de Estados Unidos y la intención de Dinamarca de unirse a la CEE inclinaron al Reino Unido a solicitar la adhesión. Adhesión que no solo fue a regañadientes y como fruto del fracaso, sino que desembocó en un largo y traumático proceso de negociación.
El general De Gaulle vetó en dos ocasiones la adhesión británica. El General veía en la isla un caballo de Troya de Estados Unidos y una visión que no casaba con su proyecto para Europa. Fue una bofetada en el herido orgullo británico que ya vivía su inexorable declive como potencia en el mundo.
Por tanto, el periplo británico en las Comunidades Europeas no solo empezó como fruto de su fracaso en política exterior y como consecuencia de su repliegue global, sino que el proceso resultó humillante. Las dudas que despertaba el Mercado Común llevaron al PM laborista Harold Wilson a plantear un referendo en 1975 a cerca de la pertenencia en la Comunidad. El sí venció, pero la relación había nacido viciada.
Los euroescépticos han ido adaptando su discurso al cambio de los tiempos. Del miedo al super Estado europeo, se ha pasado al miedo del lastre que podría suponer la Eurozona para el Reino. Los más libertarios están emulando los ejemplos de Australia y Singapur para ilustrar el rol que desean que cumpla el país en la era de la globalización. Ser un gigante comercial en un mundo globalizado sin aspirar a dirigirlo. Pero quien piense que el Reino Unido se va a contentar con un mero papel económico es que no entiende nada de la historia británica. Quien lleva doscientos años cocinando las políticas mundiales no se va a contentar con la irrelevancia.
Los europeístas en el Reino Unido, que escasean y lo son a su modo, deben establecer una estrategia que muestre las ventajas de la permanencia en la UE. El activo que el Reino Unido supone para la UE es vital en muchos aspectos. Imprimen en la Comunidad un estatus político y de influencia internacional excepcional, pero es un camino de doble vía. El Reino Unido potencia su influencia como miembro destacado de la UE.
A pocos medios se les ha escapado que la promesa de referendo que ha hecho David Cameron es un movimiento político muy similar al que hizo Artur Mas en Cataluña. Condiciona la futura consulta a su destino político, y viceversa.
La estrategia de Cameron hay que leerla en un doble escenario. Dentro de su partido no es un líder sólido. Ha tenido que pactar con los Liberal-Demócratas, todo un estigma en un país cuyo sistema electoral favorece las mayorías claras. Está siendo duramente contestado por el popular Boris Johnson (aún más popular tras el éxito de las olimpiadas de Londres) que indudablemente quiere su sitio en Downing Street.
Fuera del partido, está perdiendo apoyos por la derecha. El UKIP, que defiende sin tapujos la salida del Reino Unido de la UE, ha visto crecer sus aspiraciones tras la crisis de la Eurozona. Este auge podría beneficiar al Partido Laborista de cara a las elecciones de 2015 al dividir el voto conservador.
David Cameron corre el riesgo de pegarse un tiro en el pie como hizo CiU en las pasadas elecciones regionales. Al igual que Mas en España, David Cameron espera negociar una "especial relación con la UE" para poder presentar un referéndun en el que pueda defender la permanencia. En el mejor de los casos se enfrenta con la indiferencia de sus socios. La percepción en el continente es que el Reino Unido ya disfruta de excesivas excepciones como para negociar un nuevo marco. Ha abusado tanto de la unanimidad (Schengen, Espacio de Libertad, seguridad y Justicia, disciplina fiscal, etc) que la Unión ha tomado el camino de los acuerdos multilaterales al margen de la unanimidad que exige una modificación de los Tratados. Enfrascado en el agujero de la crisis del Euro dudo que los socios comunitarios presten mucha atención a las demandas británicas.
No es de extrañar, pues, que los británicos sientan tal desafección y resquemor hacia la Comunidad Europea y hasta odio personal. El sentimiento es muy profundo y complejo. Esconde una búsqueda de identidad, a caballo entre Europa y el mundo, que aún no ha concluido.

lunes, 28 de enero de 2013

Editorial: El liderazgo alemán

La idea con la nace la UE es una mezcla de idealismo y realismo cuyo resultado ha sido el mayor éxito en la integración del continente y el mayor período de paz entre sus socios.
En el plano de las ideas se basa en la necesidad de evitar a toda costa otra guerra a gran escala, para lo que era necesario establecer algún mecanismo de cooperación entre los distintos países del continente.
En plano de la realidad se basa en las necesidades de Francia y el Benelux de neutralizar a su ancestral contrincante, Alemania. La forma en que éstos, con Schuman y Monet a la cabeza, vieron de neutralizar el potencial alemán (y a la vez disimular las debilidades de Francia) era internacionalizar el potencial alemán al servicio de un proyecto común del que Francia sería una pieza clave.
Obviamente, en el puzle europeo de posguerra el Reino Unido tenía todo que decir. Aunque exhausto por la guerra y con un peso global en retirada, el prestigio británico en el continente era enorme. Se había enfrentado en solitario al coloso hitleriano en pleno apogeo mientras las grandes potencias mantenían una posición ambigua.
Alemania tenía mucho que ganar con el proyecto europeo (todavía sin definir), puesto que le sacaba del ostracismo internacional al que un país dividido, destrozado y culpable había relegado. Le daba un lugar protagonista en una organización de ámbito europeo y le permitía mantener una política exterior propia ligeramente al margen de la política bipolar de la Guerra Fría.
Para Francia era una oportunidad en toda regla, que le permitía poner el potencial industrial alemán al servicio de un objetivo común y, al igual que la RFA, le permitía diseñar una política exterior a su medida alejada del atlantismo por el que se decantaba UK.
Así el proyecto europeo comenzó a andar con una autoridad que ponía en común la producción del carbón y el acero de los dos países continentales. La CECA aunó también a los países del Benelux y a Italia. se había sembrado la semilla de la CEE.
La Unión, por tanto, se trata de un proyecto esencialmente económico, pero con fines políticos claros. Esos fines políticos son los que quieren obviar los británicos. Pero la economía era el medio para conseguir una serie de fines, de los cuales el de mayor importancia era eliminar la amenaza de la guerra del continente. Obviar los fines políticos que permitieron al continente a dar el paso de sacrificar su soberanía en aras de la paz y la prosperidad es el error que está llevando a Londres a aislarse aún más.
La actual crisis económica, puso en evidencia las carencias de la arquitectura del Euro. Se había empezado la casa por el tejado con la moneda única y mientras el sol de la bonanza lucía no se había evidenciado los fallos. El anterior presidente de la Comisión, Romano Prodi, llamó la atención sobre el hecho de que la moneda única iba a obligar a sus miembros a una mayor integración, bancaria y fiscal. Pero no se hizo hasta que la tempestad estuvo encima.
Y como dice el refrán, a río revuelto, ganancia de pescadores. Alemania fue la gran beneficiada de la crisis económica. Sumida en un estancamiento en la primera década del siglo XXI, las reformas de la agenda 2010 basadas en flexibilidad laboral y moderación de salarios permitió que saliese fortalecida y ahora en época de penurias generales aguantase mejor el tipo.
Las reformas del SPD permiten a Alemania ostentar una posición de fuerza e influencia que antes compartía con Francia. Pero Alemania, aun hoy en día, no ha traducido esa influencia y esa fuerza en un verdadero liderazgo.
Alemania no está ejerciendo un liderazgo en el seno de la UE. Se está limitando a actuar de forma mafiosa para influir en la actuación de cada gobierno soberano. Usa el tamaño de su monedero para fijar las políticas fiscales de todos y cada de los países en dificultades. Maneja la política monetaria en interés de los países del norte de Europa, mientras que el sur se hunde en una mezcla de su crisis cocinada en casa y los ingredientes adversos recetados por Berlín.
Hay algunso partidos euroescépticos que están llamando la atención sobre un indeseable liderazgo alemán de la Europa. En un primer momento yo mismo recelé de lo que se llamó "un plan alemán para Europa" o "una Europa cada vez más alemana" puesto que la última vez que Alemania tuvo un plan para Europa salió bastante mal. Es ese complejo el que aleja a Berlín de un liderazgo eficaz.
Liderazgo no significa solo tener la capacidad de liderar por su potencial económico o militar. El principal punto del liderazgo radica en la capacidad moral de actuar y, aunque suene raro meter en la misma frase liderazgo alemán y moral por las connotaciones del pasado, Alemania si quiere influir en sus socios debería ejercer ese liderazgo y no centrarse en meras prácticas mafiosas.
El liderazgo se demuestra ejerciéndolo, tomando responsabilidades porque el líder tiene esa capacidad. Sus socios le seguirán (no digo que no haya discrepancias) porque el líder ha asumido los riesgos de ese liderazgo.
Estados Unidos es, y seguirá siendo, el líder mundial porque solo ese país está dispuesto a asumir ciertos riesgos. China no es, ni será en un corto espacio de tiempo el líder mundial porque, a pesar de su creciente potencial económico, no toma riesgos en el papel de un mundo globalizado. Deja que sean las flotas de Estados Unidos repartidas por todo el mundo quien defienda las ruta comerciales de la que el gigante asiático se beneficia. Eso no es liderazgo, es gorronería.
Alemania, ya sea porque no quiere correr riesgos ya sea por su el tabú que representa su pasado reciente no quiere ejercer el liderazgo de Europa de forma pública y categórica, así que lo esconde en formas de amenazas, de pactos de estabilidad y manda sus mensajes a través de sus adláteres holandeses o fineses.
No estoy en contra de una Europa alemana, entiendo las virtudes germanas y creo que nos vendrían bien en los países del mediterráneo, pero Merkel debe entender que el liderazgo silencioso que está llevando a cabo está fracturando el continente en al menos dos partes. Está consiguiendo que el Reino Unido quiera replantear su postura en la Unión, precisamente cuando ésta es la Unión de los Estados-Nación que había soñado Thatcher.
Ángela Merkel entiende muy bien que quien paga manda. Lo que no entiende es que mandar, el liderazgo, no son amenazas más o menos veladas. El liderazgo es compromiso y Alemania no quiere tomar el camino del compromiso porque se encuentra inmerso en sus complejos. Usa a sus adláteres holandeses y fineses para lanzar advertencias y apara saltarse los acuerdos tomados en los Consejos de la UE. Eso no es liderazgo. 
Por tanto, soy de la opinión de que Alemania carga con un gran lastre a la hora de desplegar su acción exterior, motivo por el cual la política europea es tomada como un brazo de la política doméstica. Demasiado grande para Europa, pero demasiado pequeña para el mundo, Alemania se nutre de la UE para desplegar una infliencia silenciosa. Pero la Comunidad Europea no necesita ese tipo de liderazgos cobardes. Si Angela Merkel quiere liderar Europa debería plantearse tomar responsabilidades y ejercer ese liderazgo de forma constructiva. 
¿Europa? Bien dígame que número tengo que marcar. Había dicho Henry Kissinger para ilustrar la dispersión del poder en la Comunidad Europea. Pues ahora hay un número que marcar, el de la Cancillería del Reich, lo que pasa es que Merkiavello no se atreve a contestar al teléfono.