miércoles, 31 de julio de 2013

Diplomacia en tiempos de ostracismo


Una vez terminada la guerra, los responsables de Exteriores nacionales y extranjeros se preguntaron qué iba a suceder con el régimen español salido del 18 de julio. Un régimen que en el mejor de los casos había sido ambiguo y en el peor un cercano colaborador del Eje.
Cuando la victoria cambió de bando, los miembros más recalcitrantes del falangismo fueron desalojados de sus carteras ministeriales y sustituidos por otros más dóciles al dictador. En Exteriores se produjo el cambio de mayor importancia. El arquitecto del régimen, Serrano Suñer, dejó paso al militar anglófilo Conde Gómez-Jordana que se afanó en alejar al régimen del Eje. A pesar de los esfuerzos de Jordana, el régimen continuó lanzando bravatas y palabras de afiliación al bando perdedor que en nada ayudaron al país.
Al finalizar la guerra, muchas fueron las presiones para que, tras Italia y Alemania, el régimen de Franco fuera el siguiente en caer, pero antes mismo de que la II Guerra Mundial terminase los principales miembros de la Gran Alianza ya se estaban preparando para la siguiente contienda. Cuando se acercaba el final del conflicto, la URSS presionó para que el bloque angloamericano enfriase sus relaciones con el régimen de Franco. En una carta conjunta angloamericana, que fue redactada en términos más duros de los que Churchill hubiera deseado, ambos países condicionaban sus relaciones y la inclusión de España en los nuevos organismos internacionales a cambios en la escena política. 
La situación no cambió durante la Conferencia Postdam; allí los soviéticos plantearon la posibilidad de desestabilizar el régimen para dar a los españoles la oportunidad de elegir su destino. Pero los británicos se alarmaron ante la posibilidad de avivar un nuevo conflicto interno, conflicto donde las simpatías de británicos y soviéticos no estarían del mismo lado. Así que Postdam se saldó con nuevas amenazas y la consolidación del veto a su entrada en la ONU.
Las amenazas de la Comunidad Internacional hicieron mella en muchos elementos del régimen. El Ejército, tradicional antagonista de la Falange, vio confirmado sus peores temores sobre la aproximación falangista al Eje y las nefastas consecuencias que estaba teniendo. La asfixiante situación internacional parecía forzar un cambio en España y muchos generales presionaron para que se produjese una restauración monárquica. Al fin y al cabo la mayoría del generalato se había sublevado en aras de una restauración y el momento parecía de lo más propicio para aplacar los ánimos de las potencias victoriosas.
En este momento el Generalísimo supo evaluar hasta dónde iban a llegar las veleidades angloamericanas y las presiones de sus colegas en favor de la solución monárquica. Franco sabía que ambos países no deseaban intervenir en la península desestabilizándola, solo deseaban algunos cambios para "hacerla más presentable ante la comunidad internacional" y la mejor opción para ello era la solución de una monarquía conservadora, apoyada por el ejército, que diese cabida a un partido socialista moderado. Así que el dictador se esforzó en hacer parecer la opción de Don Juan irreal y tener que optar entre una península desestabilizada que pudiese caer del lado soviético con fatales consecuencias o él. Franco había evaluado la situación internacional de posguerra mucho mejor que sus opciones durante la guerra. Sabía que el matrimonio entre Angloamericanos y Soviéticos no iba a durar y que solo tenía que aguantar lo suficiente como para que su divorcio hiciera del régimen de Franco un mal menor. Con el tiempo, la situación estratégica de España como puerta del Mediterráneo iba a suponer su salida del ostracismo internacional.
Pero hasta entonces, España era un apestado internacional. 
Hubo que esperar hasta la guerra de Corea (1950-1953) para ver una cierta rehabilitación del régimen. La contienda y la sensación de que el mundo se aproximaba a una III Guerra Mundial hicieron que la estratégica situación de la Península Ibérica resultasen vitales para el control del Mediterráneo. Junto con el Bósforo y los Dardanelos, EEUU controlaba las únicas salidas a un mar cálido que tenía la URSS en occidente.
En el lapso de tiempo comprendido entre el final de la II Guerra Mundial y la Guerra de Corea, el régimen hizo los deberes para parecer más aceptable en la escena internacional. Internamente había domado a la Falange reduciéndola a un mero aparato burocrático e ideológicamente se había acercado al nacional-catolicismo, aunque las sucesivas reformas ministeriales seguían manteniendo un cauto equilibrio entre las familias de régimen, sólo que ahora los falangistas elegidos para las sucesivas carteras estaban menos comprometidos con la "revolución nacional sindicalista".
En Exteriores, la labor que tenía por delante el Ministro Artajo era inmensa. Rehabilitar la imagen internacional del régimen no iba a ser cosa fácil debido a que sus acciones en busca de aliados estuvo entorpecida por continuas bravatas desde El Pardo. 
Alberto Martín-Artajo tuvo que buscar socios entre los países que no aborrecían abiertamente su régimen. La estrategia se centró en buscar alianzas entre los países iberoamericanos y los miembros de la Liga Árabe. 
Los primeros eran candidatos fabulosos porque, salvo México que tenía una fuerte relación con los exiliados republicanos, se podía explotar los lazos culturales sin que EEUU lo considerase una intromisión en su "patio trasero". España tuvo un aliado excepcional en la figura de Juan Domingo Perón, líder argentino con el compartía sus filias autoritarias. Las relaciones comerciales con argentina fueron enormemente beneficiosas para el régimen falto de mercados internacionales donde importar las materias primas más básicas. Obviamente las relaciones se enfriaron en cuanto España, falta de divisas, se mostró incapaz de devolver los créditos o afrontar las cuantiosas importaciones. Pero internacionalmente Argentina cumplió el papel de introducir a España poco a poco en Iberoamérica y le permitió ir sorteando las sanciones de Naciones Unidas gracias a sus votos. La visita de Eva Perón a España en medio del ostracismo internacional supone la imagen más evidente de la ayuda que supuso Argentina. 
Otros apoyos que el régimen fue sumando a su haber lo constituyen los Estados árabes. La iniciativa surgió de Carlos Miranda y Quartín, diplomático acreditado en El Cairo, quien mostró la conveniencia de atraer a un grupo de países que no parecía tener escrúpulos con la adscripción política del régimen. 
También la relación con el Mundo Árabe sufrirá altibajos marcados por la cuestión colonial española. Pero por lo general España pudo beneficiarse de su apoyo en Naciones Unidas. Antes de que la cuestión marroquí estallase y alejase al Mundo Árabe de los intereses españoles, la fundación del Estado de Israel y la negativa española a reconocerlo sentarían las bases de la relación hispano-árabe. España vendió en secreto armas a los árabes durante la I Guerra Árabe-Israelí. Pero la derrota árabe hizo que el régimen replantease su postura hacia Israel. El voto Israelí en contra del levantamiento de las sanciones de la ONU hizo que España se decantase definitivamente por cultivar relaciones con los Estados árabes. Así, las primeras visitas de Jefes de Estado extranjeros a España tras 1945 serían de líderes árabes. España iría de la mano de ellos y de los dirigentes iberoamericanos en su rehabilitación internacional. Primero se levantaron las sanciones de Naciones Unidas y más adelante se logró la adhesión a varias de las agencias de la ONU (UNESCO, OMF, etc) antesala de la definitiva adhesión en 1955. 
Con la rehabilitación del régimen, se produjo la sustitución de Artajo en Exteriores. Entraba un profesional del Cuerpo diplomático: Fernando María de Castiella. 
Castiella, ingenuamente, pensaba que los cambios en política exterior podían forzar cambios en el interior y, con ellos, poder llevar a cabo una acción más independiente. Pero las dictaduras son inmovilistas y Castiella erró en sus cálculos. Llevó a cabo una profesionalización del cuerpo diplomático despolitizando la acción exterior para alejarla de los estigmas del régimen. De ahí que su gestión tenga lecturas desiguales. Se hicieron notables avances en acuerdos comerciales y negocios, pero en política exterior no hubo avances significativos, y no era por su falta de profesionalidad, sino por la constante intromisión de la Secretaría de Presidencia del Gobierno en asuntos tan capitales como la descolonización africana o las negociaciones para recuperar Gibraltar. Se produjo un acercamiento a la CEE en lo relativo a acuerdos comerciales que beneficiaron enormemente a la industria nacional, pero no se fue más allá. La política comunitaria era el escenario pensado por Castiella para forzar cambios en el interior del régimen si se deseaba la completa adhesión al club comunitario. Aquí falló la intuición del Ministro, puesto que del régimen no estaba dispuesto a acometer las reformas exigidas por Bruselas y la CEE jamás aceptaría a España como socia hasta que se dotase de instituciones plenamente democráticas. 

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