lunes, 21 de octubre de 2013

Editorial: el naufragio de Hollande


Esta semana ha sido una de las peores para el presidente francés Francois Hollande. La noticia de la detención y deportación de una alumna gitana durante una excursión escolar ha incendiado los liceos franceses y volado por los aires la autoridad moral del presidente.
El modesto político normando ganó las elecciones al presentarse como una alternativa moderada al hiperactivo presidente que todo lo abarcaba y que capitaneaba el declive de Francia como potencia política en la familia europea.
La misión de Hollande no era fácil. En casa tenía que poner en orden unas finanzas que llamaban a recortar el mastodóntico Estado francés, con todo lo que ello supone para el orgullo de la nación. Por eso al principio optó por la subida impositiva, sobre todo a las clases adineradas, pero eso dejaba a Hollande a mitad de camino. Iba a tener que tomar una serie de recortes dolorosos que no iban a sentar bien a una ciudadanía acostumbrada a que el nivel su bienestar dependa de la calidad de los servicios públicos. Dicho en otras palabras, Francia no digiere bien las medidas liberalizadoras que tanto demandan los mercados financieros, y no se puede culpar a los franceses por ello. Así que la labor económica del presidente se presentaba enorme: poner en práctica cierta ortodoxia financiera tocando lo menos posible el Estado francés.
Los franceses siempre han elegido mantener su Estado por encima de las liberalizaciones o de la globalización cuando ese modelo ha estado en cuestión en unas elecciones. Hollande sabe que fue elegido para mantener el Estado Francés por lo que no es buena idea proceder a un desmantelamiento del Estado si quiere seguir vivo políticamente. 
En el exterior Francia tenía que recuperar el lugar que le correspondía como copiloto del proceso de construcción europea. Alemania siempre había jugado el papel de actor económico dejando a París la labor política que tanto incomoda a Berlín. Pero la debacle económica evidenció no solo la fortaleza de las reformas alemanas de la agenda 2010, sino la debilidad de Francia para seguir al lado de un socio que cada vez pesaba más.
Así que pasada la euforia inicial de la victoria de Hollande y de alcanzar su principal promesa electoral, dotar a la política francesa de normalidad, los problemas para Hollande no han hecho más que aumentar. Baste recordar la contestación social suscitada por la aprobación del matrimonio de personas del mismo sexo, las payasadas protagonizadas por De Pardieu o Arnault y ahora la cruzada emprendida contra los gitanos. 
La falta de resultados en todos los campos de la política parece haber desnortado al Presidente que, desde hace un par de semanas y ante el temor de verse sobrepasado electoralmente no solo por la UMP sino por la extrema derecha de Marine Le Pen, ha iniciado una arriesgada carrera que puede llevarle a perder más que unas elecciones. 
Internacionalmente Hollande no ha conseguido restablecer el equilibrio de poder con Alemania y parecía que la guerra civil en Siria le daría la oportunidad de eclipsarla en el terreno que ésta ha demostrado repetidamente ser una nulidad: las relaciones internacionales. El no de los Comunes al PM británico dejó a Francia a la vanguardia de los socios europeos de EEUU para iniciar una intervención armada. Pero la ilusión de Hollande se desinfló tan rápido como Obama se enredaba pidiendo autorización al Congreso. Sea como fuere, la aventura siria supuso un triste intento por captar titulares en la prensa internacional y lucir un poco su cuenta de resultados en relaciones exteriores. 
Así que con las elecciones a la vuelta de la esquina y con el PSF claramente detrás en las encuestas tras el Frente Nacional (FN) y la UMP, parece que el presidente ha optado por copiar las estrategias de la extrema derecha para intentar robarle votos a Marine Le Pen. Por ello se ha embarcado en una aventura que ya intentó Nicolás Sarkozy como la expulsión de los gitanos de Francia.
Me parece una pobre estrategia por múltiples motivos. El primero de ellos porque se supone que el Presidente gobierna para toda Francia y gobernar es más que expulsar a un par de gitanos. El hecho de que el modo de vida gitano sea incompatible con los "valores de la república" y de casi cualquier sociedad civilizada no puede ser una excusa para montar una estrategia de gobierno en torno a ella. Gobernar es mucho más que decir obviedades como que los gitanos son incómodos. Gobernar es educación, sanidad, justicia, pensiones, defensa, etc. Y que el Presidente se vea obligado a expulsar gitanos no es sino el símbolo de su fracaso en las demás parcelas de la política francesa.
Por otra parte, el gobierno francés ha cometido una tremenda torpeza expulsando precisamente a una niña que quería estudiar para integrarse con toda normalidad en la sociedad francesa. Y con ello ha desencadenado una respuesta estudiantil y ciudadana que ha acabado con la posible popularidad de sus expulsiones.
En tercer lugar, no creo que el Presidente ni el PSF consigan nada con esta política de expulsiones más que desmovilizar a su electorado. Sabemos que Francia es un país de tendencias conservadoras, pero el PSF no va a conseguir un número significativo de votos de los caladeros del FN de Le Pen. Es más posible que desmovilice a los jóvenes y las clases medias urbanas que le han votado antes de atraer votantes del FN. No lo considero una operación rentable en términos electorales.
El Presidente Hollande hace un flaco favor a la imagen de Francia como país, de ser la patria de los valores revolucionarios se está convirtiendo en el adalid de la lucha contra las minorías. No defiendo que le República no lleve a cabo una política migratoria severa, sino que se realice con tan poco tino y que afecte, en este caso, a una estudiante.
Y para concluir, tampoco lo considero una operación rentable en términos morales. Por muy desagradable que pueda parecernos el estilo de vida de los cíngaros, caer en el populismo barato de una expulsión es demostrar el fracaso de las políticas integradoras y una salida barata que le esta saliendo al presidente francamente mal. Ahora, después del lío monumental que se ha montado se ha buscado una vía intermedia para no desautorizar a su ministro del Interior, Manuel Vals, permitiendo el regreso de Leonarda, pero no de su familia. Veremos como acaba éste episodio concreto, pero la política llevada a cabo por Hollande está tirando por la borda todos los principios por los que llegó al Elíseo. No es de extrañar que la socialdemocracia esté en crisis, en este caso no solo copia la política económica de la derecha, sino que está haciendo suya la política social y los métodos de la extrema derecha. Así no volverá el Presidente a seducir a su electorado y, a largo plazo, se enfrenta con una mayor debacle electoral. Y si pierde, al menos que pierda con sus principios intactos y no por haberse travestido con los principios de la calaña política francesa.
En este caso, Hollande debería hacer suyo el corolario de Harry Truman que, tras una vida plagada de fracasos políticos, dijo "si para ganar tengo que hacer trampas, seguiré perdiendo" 

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