sábado, 8 de marzo de 2014

El escaparate olímpico


Que los Juegos Olímpicos son una exhibición no cabe ninguna duda. Lo fueron de todos los regímenes que han salpicado el siglo XX, como escaparates de opulencia, como tarjeta de presentación en sociedad o como mero negocio.
De un fenómeno meramente elitista como nos muestra la película "Carros de fuego" pasó a ser, al igual que la política, un fenómeno de masas.
Fue Adolf Hitler y su maestro de la propaganda Joseph Goebles quien aprovechó la cita olímpica de Berlín para exhibir una nueva Alemania. La Alemania surgida de sus cenizas bajo un nuevo liderazgo alejado de la decadencia de las democracias liberales. Con este ejercicio de fervor público de masas los Juegos entraron de golpe en el siglo XX, a partir de ahí muchos buscaron la candidatura olímpica como un escaparate político de lucimiento personal, aunque habría que matizar cada caso olímpico.
Pero no fue una idea original del fascismo el sacar provecho del deporte para fines políticos. El mérito hay que concedérselo al camarada Stalin.
En 1930 Stalin firma el Decreto para la organización de la Educación Física para toda Rusia, por el que se absorben los clubes deportivos particulares y se estataliza toda actividad deportiva, poniéndose énfasis en la práctica del atletismo.
La estatalización del atletismo tenía unos fines claramente militares para la defensa de la patria. El celo ideológico soviético de Stalin le llevó a pensar que la URSS se encontraba en un permanente peligro acosada por el capitalismo. Para la defensa del país se instituyó la prueba "Listo para el trabajo y la defensa" que era una especia de pentatlón que establecía unos mínimos para la pertenencia a la élite del ejército rojo, superar la prueba era considerado un honor dentro de la URSS y hasta la actualidad más de dos millones de soldados soviéticos la han superado con éxito. Para el acceso a la oficialidad se estableció una segunda prueba de mayor dureza cuyos diez primeros clasificados pasaban a ser oficiales del ejército rojo.
Semejante prueba muestra hasta que punto La URSS militarizó el deporte. El propio Ejército Rojo se constituyó en el centro de la actividad deportiva del país. Los mejores equipamientos  deportivos estaban en manos del ejército, las pistas deportivas, las piscinas, los gimnasios y la selección de los aspirantes se hacían siguiendo estándares militares, así como su entrenamiento.
El Consejo para la Educación Física llega hasta nuestros días y ha permanecido a pesar de los cambios políticos que supusieron la desmantelación de la URSS, y la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno desde Moscú 1980 hasta Sochi dan muestra de semejante organización militar.
Mussolini vio con muy buenos ojos el proyecto de Stalin y quiso implantarlo en su nuevos Estado. El Duce quería establecer una dictadura totalitaria en donde el Partido Nacional Fascista fuera el motor de toda la sociedad. Aunque al final su proyecto distó mucho de ser totalitario al contar la Iglesia, la Monarquía y el Ejército de amplia capacidad de maniobra, Mussolini si extendió los tentáculos del Partido al deporte. Aunque la tarea que tenía por delante era mucho más difícil que la de Stalin, pues Italia contaba con una larga tradición de asociaciones deportivas, algunas mucho más antiguas que el propio Reino de Italia. Tal era el caso de Club Alpino, fundado en 1863 o el ciclista de 1870.
Mussolini aumentó la presencia de Italia en las competiciones internacionales y las cargó de un patriotismo que hacía de cada encuentro una competición por el honor patrio.
En 1925 se obligó a todas las organizaciones deportivas a formar parte de la Opera Dopolavoro, encargado de gestionar el tiempo libre de los italianos.
Además, el paso de todas las instituciones deportivas al Dopolavoro suponía una financiación del Partido Nacional Fascista, puesto que de la afiliación, dos liras y media iban a las arcas del Partido. 
Mussolini dio una nueva vuelta de tuerca en 1926 cuando puso al Comité Olímpico Italiano bajo control del Fascio y, en 1929 a todas las federaciones nacionales bajo control de éste. 
Los objetivos del nuevo organigrama deportivo fascista se centraba en los deportes de equipo, puesto que servían más fielmente a intereses militares y, a la vez, se conseguía una juventud más acorde a los ideales fascistas de sumisión a la masa y reducción del individuo. Con ello Mussolini conseguía militarizar el deporte, como había hecho stalin, y que todo italiano entre 6 y 55 años fuera un potencial soldado. 
El Tercer Reich perfeccionó el arte de la manipulación del deporte. Como en muchos otros aspectos, el nazismo es el ejemplo perfecto del cómo el alumno supera al maestro. Hitler mezcló los fines soviéticos de militarización del deporte con la propaganda buscada por Mussolini. El maestro de la propaganda Goebbles encontró en el deporte un filón que explotar.
El deporte jugó un papel fundamental en uno de los objetivos primordiales de la política nazi: burlar las cláusulas del tratado de Versalles. Hans Tschammer und Osten organizó la práctica del atletismo de forma que los jóvenes tuvieran una instrucción militar en un país donde el servicio militar estaba prohibido. Los aeroclubes fueron la escuela de los futuros pilotos de la Luftwaffe en su entrenamiento en vuelo sin motor y los clubes de automovilismo sirvieron para entrenar las tácticas de la Blitzkrieg. 
Pero el deporte no solo sirvió para la propaganda, sino que, como en otros campos de la vida social, se nazificó su práctica segregando de las competiciones a quienes no comulgasen con el nacionalsocialismo. Se descalificaron a equipos ganadores por no tener las suficientes credenciales nazis, como pasó en 1935 al club de tenis Blau-Weiss de Dresde que, a pesar de ganar el campeonato nacional, fue descalificado. 
La gestión del deporte en el Tercer Reich estuvo rodeada del mismo caos organizativo que el resto de la administración. Las juventudes Hitlerianas y el Frente del Trabajo con su división "Al vigor por la Alegría" competían por copar la instrucción deportivo-militar del Reich en un ejercicio de "trabajar en la dirección del Führer". Las juventudes hitlerianas instruían en atletismo a la juventud en modalidades tan peculiares como arrastrarse bajo empalizadas o cables de púas, correr con pesadas mochilas o instrucción con bayonetas. 
El Frente Alemán del Trabajo organizó competiciones deportivas para reconciliar la elitista práctica del deporte con las clases trabajadoras. Del mismo modo que había hecho Mussolini se daba prioridad a la práctica de los deportes de equipo. 
Los Juegos Olímpicos de 1936 al principio no contaban con el entusiasmo del Partido. Eran considerados un ejercicio internacionalista del judaísmo internacional al servicio de las decadentes democracias occidentales. Pero el ministro de propaganda Goebbles supo sacarle partido y los convirtió en el escaparate de la nueva Alemania. El régimen hizo un gran esfuerzo, se construyeron infraestructuras que empequeñecían al visitante, obra del arquitecto Speer. Con todo hubo sonoros fracasos como la famosa victoria de Jesse Owens en los 100 metros lisos y el plante del Führer al vencedor. 
Tras el paréntesis que supuso la Segunda Guerra Mundial, los Juegos fueron organizados prácticamente de favor por una exhausta Inglaterra albergando Londres por segunda vez la cita olímpica. La Guerra Fría encontraría en las citas olímpicas otro escenario de enfrentamiento entre la URSS y los EEUU en la pugna por el liderato en el medallero. La situación se polarizó aún más cuando, tras la invasión soviética de Afganistán, el Presidente Carter anunció el boicot americano a las Olimpiadas de Moscú 1980 y éstos le devolvieron la jugada al no acudir a la cita olímpica de Los Ángeles 1984. A pesar de todo los soviéticos no modificaron el plan establecido por Stalin para la captación de deportistas, es más, el modelo fue exportado a las democracias populares de Europa del Este con bastante éxito y con ejemplos notables como las excelentes gimnastas rumanas o las dopadas nadadoras del equipo de la DDR. 
La caída del muro de Berlín y la desaparición de las tensiones este-oesta indujeron a pensar que las Olimpiadas iban a volver al terreno de lo exclusivamente deportivo, y así fue durante un tiempo. Pero entonces tuvo lugar las revolucionaria cita de Barcelona'92 que llevó al olimpismo otro terreno desconocido. 
Hasta entonces las citas olímpicas no eran un gran negocio, es más, el caso de Montreal 1976 es el claro ejemplo de fracaso económico y supuso un lastre que la ciudad arrastró hasta hace bien poco. Pero Barcelona cambió todo eso. El éxito organizativo de Barcelona supuso un antes y un después en las citas olímpicas. Los Juegos de 1992 fueron enormemente lucrativos, pusieron a la ciudad condal en el mapa y como referente de la nueva España democrática. En el extranjero uno relacionaba España con Barcelona antes que con la capital. 
Este éxito llevó a muchas ciudades a mirar la organización olímpica con otros ojos, como una ventaja para relanzar la economía de muchas ciudades en inversiones y turismo. Comenzó aquí una "burbuja olímpica" que no ha dejado de crecer. Los Juegos son cada vez más caros, las escenografías cada vez más grandiosas y los sobornos a los miembros del COI cada vez más escandalosos.
Pekín 2008 fue un éxito rotundo como escaparate del nuevo gigante asiático. Como en 1936, poco le importó al COI la vulneración de los Derechos Humanos por parte de las autoridades chinas, así como poco le está importando a la FIFA los escándalos que día tras día se conocen de la organización del mundial de fútbol de Qatar. 
Las candidaturas de Madrid son un buen ejemplo de la "burbuja olímpica". Madrid se endeudó enormemente para albergar una cita olímpica en busca del efecto "Barcelona'92" pero cuando llegó el momento presentó un proyecto "sostenible" y austero basado en que la mayoría de las infraestructuras estaban ya realizadas. Era una austeridad que el COI demostró no querer.
La burbuja olímpica parecía estar reservada a los Juegos de verano, más caros por albergar más disciplinas deportivas y por su mayor relevancia mediática. Pero Vladimir Putin ha reventado todas las estadísticas de los Juegos de Invierno con la organización de los Juegos de Sochi de este invierno. Putin parece haber mezclado con maestría el celo ideológico soviético con el escaparate moderno que supone unos Juegos Olímpicos; aunque los métodos de entrenamiento no han variado nada en Rusia desde la directiva de Stalin, sí que hay un nuevo enfoque organizativo. Putin quiere que Sochi sea el escaparate de una nueva Rusia que renace de las cenizas de la Perestroika, como Pekín 2008 lo fue para China. Los atentados previos a la cita olímpica ya han dejado un resultado agridulce para la organización, puesto que a nadie se le escapa que la publicidad que Sochi pueda tener para el régimen está ligada al peligro terrorista que existe en muchas de las repúblicas de la Federación Rusa. 


Sería completamente injusto decir que Putin ha organizado una nueva versión de Berlin 1936, pero también sería muy ingenuo ignorar que estamos ante un espectáculo de publicidad que sitúa al deporte en un segundo plano, otra vez. 

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