sábado, 22 de marzo de 2014

Checoslovaquia 1938


Mucho se ha escrito sobre el camino que condujo a la II Guerra Mundial y sobre la humillación y enorme error de cálculo que supuso la vergonzosa venta de Checoslovaquia a la Alemania Nazi a cambio de una paz que apenas duró un año.
La reunión de Múnich de 1938 supone el culmen del apaciguamiento y, aún hoy en día, se sigue usando como sinónimo de claudicación ante regímenes brutales y se analiza sus fatales consecuencias. La mayor parte de la responsabilidad sobre lo acontecido en Múnich recae en le PM británico Neville Chamberlain que, favorable a la opinión pública y la prensa británica de la época, propició en varios viajes la liquidación de Checoslovaquia en aras de una "paz para nuestro tiempo". Cuando Hitler anexionó la totalidad de Bohemia, Moravia y convirtió a Eslovaquia en un Estado vasallo vinieron las lamentaciones y las justificaciones. Pero vamos por partes.
La opinión pública británica, la prensa y el Partido Conservador (salvo notables excepciones como Sir Winston Churchill) eran proclives a la política de apaciguamiento con el régimen nazi. El portavoz de semejante postura fue el elitista diario The Times que desde sus editoriales marcaba la política a seguir por la bancada conservadora.
Las motivaciones apaciguadoras del gobierno y de gran parte de la opinión pública británica se debían a varios factores. Por una parte se había extendido la sensación de que Alemania había sido tratada de manera en exceso injusta en los tratados de Versalles y, por tanto, las políticas de Hitler para deshacerse del corsé impuesto tras la I Guerra Mundial eran vistas incluso con simpatía. De hecho, Londres ayudó a romper el orden de posguerra al pactar con Alemania un acuerdo Naval en 1935 que iba diametralmente en contra de lo firmado en París. Mediante semejante acuerdo el Reino aceptaba el rearme naval germano por encima de las estipulaciones de Versalles, pero sin que superase el 35% de la potencia naval británica. Hitler no deseaba enemistarse con los británicos a quienes consideraban una rama de la raza aria y consideraba que las políticas navales de Tirpitz habían situado a UK en el bando contrario de la I Guerra Mundial, error que no estaba dispuesto a repetir. A esto hay que sumar la sensación entre la opinión pública británica de que su entrada en la I Guerra Mundial no había servido para nada. La decadencia y dependencia de Inglaterra para con los EEUU mezclada con su tradicional aversión a los asuntos continentales aumentaron el deseo aislacionista de los británicos. Los horrores de la larga Gran Guerra habían reportado pocos réditos al Imperio y, aunque había un gran sector anti alemán en el Foreign Office para el que era evidente la necesidad de cortar el camino a un adversario directo, esa elitista visión no se trasladó al pueblo que fue movilizado y enviado a luchar (y a morir) a las trincheras a lo largo de la frontera francesa.
A mayores del miedo por la guerra que se había instalado en los corazones británicos, hay que sumar el hecho de que en los años 30 se había perfeccionado el armamento y, sobre todo, la aviación, arma que permitía salvar la insularidad y trasladar la guerra a los hogares británicos.
Económicamente, la carrera armamentística necesaria para hacer frente al creciente poder alemán tampoco era muy popular entre el mundo de las finanzas ni entre el público que podía ver sus impuestos incrementados en una época ya de por sí marcada por la carestía. Los créditos de guerra con la banca estadounidense y la creciente carga del Imperio hizo que el gabinete hiciese esfuerzos por reducir el presupuesto militar, algo sin duda excepcional en los años treinta.
Por estas razones, sin duda entre muchas otras, la opinión pública británica no era muy favorable a embarcarse en otra cruzada anti alemana. Por eso no se actuó con contundencia cuando Hitler comenzó a desmantelar paso a paso el Tratado de Versalles. Muchos ingleses no consideraban lesivo la introducción de un servicio militar obligatorio o la remilitarización de una región alemana: la Renania. Por eso se avinieron a pactar antes que a actuar. Los franceses que sentían un pánico enorme a entrar en guerra comenzaron a ir a la zaga de los británicos y a no actuar sin una garantía británica.
La anexión de Austria tampoco exacerbó los ánimos del gobierno británico, al fin y al cabo uno de los puntos de Wilson plasmados en los Tratados de París venía a confirmar el principio de las nacionalidades para la configuración del nuevo mapa de Europa. Así que, aunque había una cláusula que prohibía específicamente la unión de Austria y Alemania (Anschluss), se permitió semejante movimiento. Curiosamente era a Mussolini a quien más le inquietaba la idea de la desaparición del Estado tapón entre Alemania e Italia. La aquiescencia del Duce para a anexión fue largamente agradecida por Hitler que, aunque trató a su aliado como un subordinado, nunca abandonó personalmente a Mussolini.
La siguiente pieza en el puzle del Führer era Checoslovaquia. Tras la anexión austriaca la situación Checoslovaca había empeorado sustancialmente al verse rodeado por el Reich y para Hitler era la "una lanza apuntando al corazón del Reich". El camino para aniquilar el tratado de Versalles pasaba obligatoriamente por la destrucción de Checoslovaquia. En esta ocasión se apoyó en el partido de los alemanes de los Sudetes, comandado por el inefable Konrad Henlein, para crear inestabilidad en la región y así obligar al Reich a intervenir en defensa de sus "nacionales". La cuestión era que, a diferencia de Renania y Austria, los Sudetes nunca habían sido un territorio alemán y su escarpada orografía otorgaba a Checoslovaquia una defensa formidable contra un posible ataque alemán, por lo que desde su independencia el ejército checoslovaco había invertido importantes sumas en su fortificación. Sin los Sudetes Checoslovaquia se encontraría indefensa. 
Checoslovaquia resistió el embite hasta el final, y es que su posición diplomática no parecía débil en absoluto. Tenía una alianza defensiva con Francia y con la URSS (siempre que Francia entrase en guerra). La debilidad francesa fue la perdición checoslovaca, puesto que Francia no pensaba dar un paso sin el apoyo británico, así que al final todo dependía de la Corte de Saint James. 
Al final la presión inglesa hizo que el presidente Benes se viera obligado a entregar los Sudetes en una reunión en la que ni siquiera estuvo presente. Chamberlain, primero en Berstersgaden y después en Múnich, había evitado una segunda contienda con Alemania y el precio había sido mandar a Checoslovaquia al matadero. Hitler le firmó un acuerdo de paz perpetua que no valía ni el papel en el que estaba impreso. Papel que Chamberleain aireó a su regreso a Londres bajo el orgulloso lema "Paz para nuestro tiempo". 
A principios de 1939 Hitler ocupó la totalidad del país, desgajó Eslovaquia y puso un gobierno títere en Bratislava. 
La paz de la era Chamberlain no duró más allá de un año y muchos historiadores y analistas han caído en la trampa de la historiografía menos crítica con el Imperio Británico. El tremendo error de cálculo que supuso Múnich y la enorme vergüenza de vender a un país democrático como Checoslovaquia fue enmendado defendiendo que Gran Bretaña no estaba preparada para la guerra en 1938 y que Chamberlain había ganado un año crucial para preparar la RAF y ganar posteriormente la Batalla de Inglaterra. Pero si analizamos los datos con lupa como hicieron Peter Calvocoressi y Guy Wint llegamos a conclusiones bien distintas. Ambos autores destacan que la tesis de que Chamberlain ganó tiempo para su país es tremendamente errónea, puesto que si Gran Bretaña y Francia hubieran ido a la guerra en 1938 la batalla de Inglaterra no se hubiera tenido que librar.
Puede que en 1938 Gran Bretaña no estuviera preparada para la guerra, ni Francia lo estuviera, pero tampoco lo estaba Alemania. De los países en liza los únicos preparados para la guerra eran los checoslovacos y las democracias occidentales desaprovecharon semejante as en la manga. Cualquier alianza que contase con Checoslovaquia contaba con un ejército muy bien preparado, tan bien preparado como el alemán en todas las ramas importantes (salvo en la capacidad movilizadora por mera cuestión de población).
Alemania podía igualar división por división a Checoslovaquia, pero ésta última la superaba en sectores tan importantes como artillería y carros de combate.
Las divisiones que en 1940 destruyeron al ejército francés no existían en 1938 y muchas de ellas se formaron gracias al material bélico sustraído a Checoslovaquia o gracias a la producción de la formidable fábrica Skoda. Incluso en septiembre de 1939 Hitler solo contaba con seis divisiones blindadas de las diez que acabaron con Francia y, de esas seis, cuatro tenían tanques checoslovacos.
Checoslovaquia era la sexta potencia industrial de Europa y tenía una de las mejores industrias de armamento del mundo, hacia 1939 producía más armamento que Inglaterra y Estados Unidos. Con la invasión de Checoslovaquia, Hitler asimiló esta formidable capacidad y todo el material bélico checo. Además los planes de movilización checoslovacos eran excelentes y podían contener a los alemanes durante meses si los franceses hubieran tenido el honor de mantenerse fieles a su alianza.
Los militares alemanes eran conscientes de su debilidad y de la dificultad de tomar Praga en pocas semanas. De hecho, fue una suerte para Alemania tomar Checoslovaquia de forma política porque cuando los militares alemanes inspeccionaron las defensas checas se maravillaron ante la cadena de fortificaciones que llegaban hasta la misma Praga.
No sabemos lo que habría hecho Stalin, puesto que como se dijo, la intervención soviética estaba supeditada a un ataque previo de Francia. Pero lo que sí sabemos es que la URSS mandó bombarderos a Checoslovaquia y movilizó sus fuerzas al este de Polonia, a la vez que amenazó a Varsovia con no renovar el Tratado de Amistad Ruso-Polaco (que sería papel mojado en agosto de 1939). Lo que nos indica que sí existía en el Kremlin una cierta voluntad de ayuda a Checoslovaquia. Así, en el peor de los escenarios posibles para Hitler, Alemania podría verse envuelta en 1938 en una guerra en tres frentes.
De tales consideraciones militares se sostiene que la intervención de Hitler en Checoslovaquia estuvo sustentada en cálculos políticos y no militares. Desde una óptica militar, atacar Checoslovaquia con apoyo francés (aún sin apoyo británico) era una locura y hubo movimiento de sables para derribar a Hitler si tal tesitura se presentaba.
Para Francia, no actuar en 1938 fue un error fatal basado en unos pésimos cálculos militares. Aunque su ejército no se había puesto al día en estrategia, en 1938 se encontraba frente a cinco divisiones alemanas mal armadas y fácilmente superables. Es peligroso aventurar qué hubiera pasado, pero difícilmente la actuación del ejército francés hubiera sido más decepcionante que en 1940.
El caso inglés era distinto ya que su ejército era "irrelevante tanto en 1938, como en 1940", así pues los británicos ponen el acento en que no podían hacer frente a una campaña de bombardeos en una fecha tan temprana como 1938. Lo que no tuvo en cuenta el Estado Mayor Imperial es que en 1938 los alemanes tampoco estaban en posición de llevar a cabo esos bombardeos, menos sin sus bases en Francia y Bélgica. De verse obligada a luchar contra Checoslovaquia los bombarderos alemanes estarían ocupados en ese escenario. Pero aunque aceptemos la tesis de que Chamberlain ganó un año crucial para Inglaterra hay que estudiar sus datos de producción. No se aceleraron de forma significativa hasta 1939 y, si los británicos temían la derrota en 1938, tenían también razones para temerla en 1939 cuando sus defensas aún eran ineficaces. Gran Bretaña estaba desastrosamente mal equipada en 1938, pero no hubiera luchado con una mayor desventaja que en 1940.
Como dice Peter Calvocoressi, "evitar entrar en guerra en 1938 fue no solo un acto vergonzoso, sino también estúpido e inoportuno. La rendición de Múnich (...) aseguró la derrota de Francia y, lejos de dar tiempo al rearme, sometió a Gran Bretaña a una batalla que estuvo a punto de perder". 

sábado, 8 de marzo de 2014

El escaparate olímpico


Que los Juegos Olímpicos son una exhibición no cabe ninguna duda. Lo fueron de todos los regímenes que han salpicado el siglo XX, como escaparates de opulencia, como tarjeta de presentación en sociedad o como mero negocio.
De un fenómeno meramente elitista como nos muestra la película "Carros de fuego" pasó a ser, al igual que la política, un fenómeno de masas.
Fue Adolf Hitler y su maestro de la propaganda Joseph Goebles quien aprovechó la cita olímpica de Berlín para exhibir una nueva Alemania. La Alemania surgida de sus cenizas bajo un nuevo liderazgo alejado de la decadencia de las democracias liberales. Con este ejercicio de fervor público de masas los Juegos entraron de golpe en el siglo XX, a partir de ahí muchos buscaron la candidatura olímpica como un escaparate político de lucimiento personal, aunque habría que matizar cada caso olímpico.
Pero no fue una idea original del fascismo el sacar provecho del deporte para fines políticos. El mérito hay que concedérselo al camarada Stalin.
En 1930 Stalin firma el Decreto para la organización de la Educación Física para toda Rusia, por el que se absorben los clubes deportivos particulares y se estataliza toda actividad deportiva, poniéndose énfasis en la práctica del atletismo.
La estatalización del atletismo tenía unos fines claramente militares para la defensa de la patria. El celo ideológico soviético de Stalin le llevó a pensar que la URSS se encontraba en un permanente peligro acosada por el capitalismo. Para la defensa del país se instituyó la prueba "Listo para el trabajo y la defensa" que era una especia de pentatlón que establecía unos mínimos para la pertenencia a la élite del ejército rojo, superar la prueba era considerado un honor dentro de la URSS y hasta la actualidad más de dos millones de soldados soviéticos la han superado con éxito. Para el acceso a la oficialidad se estableció una segunda prueba de mayor dureza cuyos diez primeros clasificados pasaban a ser oficiales del ejército rojo.
Semejante prueba muestra hasta que punto La URSS militarizó el deporte. El propio Ejército Rojo se constituyó en el centro de la actividad deportiva del país. Los mejores equipamientos  deportivos estaban en manos del ejército, las pistas deportivas, las piscinas, los gimnasios y la selección de los aspirantes se hacían siguiendo estándares militares, así como su entrenamiento.
El Consejo para la Educación Física llega hasta nuestros días y ha permanecido a pesar de los cambios políticos que supusieron la desmantelación de la URSS, y la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno desde Moscú 1980 hasta Sochi dan muestra de semejante organización militar.
Mussolini vio con muy buenos ojos el proyecto de Stalin y quiso implantarlo en su nuevos Estado. El Duce quería establecer una dictadura totalitaria en donde el Partido Nacional Fascista fuera el motor de toda la sociedad. Aunque al final su proyecto distó mucho de ser totalitario al contar la Iglesia, la Monarquía y el Ejército de amplia capacidad de maniobra, Mussolini si extendió los tentáculos del Partido al deporte. Aunque la tarea que tenía por delante era mucho más difícil que la de Stalin, pues Italia contaba con una larga tradición de asociaciones deportivas, algunas mucho más antiguas que el propio Reino de Italia. Tal era el caso de Club Alpino, fundado en 1863 o el ciclista de 1870.
Mussolini aumentó la presencia de Italia en las competiciones internacionales y las cargó de un patriotismo que hacía de cada encuentro una competición por el honor patrio.
En 1925 se obligó a todas las organizaciones deportivas a formar parte de la Opera Dopolavoro, encargado de gestionar el tiempo libre de los italianos.
Además, el paso de todas las instituciones deportivas al Dopolavoro suponía una financiación del Partido Nacional Fascista, puesto que de la afiliación, dos liras y media iban a las arcas del Partido. 
Mussolini dio una nueva vuelta de tuerca en 1926 cuando puso al Comité Olímpico Italiano bajo control del Fascio y, en 1929 a todas las federaciones nacionales bajo control de éste. 
Los objetivos del nuevo organigrama deportivo fascista se centraba en los deportes de equipo, puesto que servían más fielmente a intereses militares y, a la vez, se conseguía una juventud más acorde a los ideales fascistas de sumisión a la masa y reducción del individuo. Con ello Mussolini conseguía militarizar el deporte, como había hecho stalin, y que todo italiano entre 6 y 55 años fuera un potencial soldado. 
El Tercer Reich perfeccionó el arte de la manipulación del deporte. Como en muchos otros aspectos, el nazismo es el ejemplo perfecto del cómo el alumno supera al maestro. Hitler mezcló los fines soviéticos de militarización del deporte con la propaganda buscada por Mussolini. El maestro de la propaganda Goebbles encontró en el deporte un filón que explotar.
El deporte jugó un papel fundamental en uno de los objetivos primordiales de la política nazi: burlar las cláusulas del tratado de Versalles. Hans Tschammer und Osten organizó la práctica del atletismo de forma que los jóvenes tuvieran una instrucción militar en un país donde el servicio militar estaba prohibido. Los aeroclubes fueron la escuela de los futuros pilotos de la Luftwaffe en su entrenamiento en vuelo sin motor y los clubes de automovilismo sirvieron para entrenar las tácticas de la Blitzkrieg. 
Pero el deporte no solo sirvió para la propaganda, sino que, como en otros campos de la vida social, se nazificó su práctica segregando de las competiciones a quienes no comulgasen con el nacionalsocialismo. Se descalificaron a equipos ganadores por no tener las suficientes credenciales nazis, como pasó en 1935 al club de tenis Blau-Weiss de Dresde que, a pesar de ganar el campeonato nacional, fue descalificado. 
La gestión del deporte en el Tercer Reich estuvo rodeada del mismo caos organizativo que el resto de la administración. Las juventudes Hitlerianas y el Frente del Trabajo con su división "Al vigor por la Alegría" competían por copar la instrucción deportivo-militar del Reich en un ejercicio de "trabajar en la dirección del Führer". Las juventudes hitlerianas instruían en atletismo a la juventud en modalidades tan peculiares como arrastrarse bajo empalizadas o cables de púas, correr con pesadas mochilas o instrucción con bayonetas. 
El Frente Alemán del Trabajo organizó competiciones deportivas para reconciliar la elitista práctica del deporte con las clases trabajadoras. Del mismo modo que había hecho Mussolini se daba prioridad a la práctica de los deportes de equipo. 
Los Juegos Olímpicos de 1936 al principio no contaban con el entusiasmo del Partido. Eran considerados un ejercicio internacionalista del judaísmo internacional al servicio de las decadentes democracias occidentales. Pero el ministro de propaganda Goebbles supo sacarle partido y los convirtió en el escaparate de la nueva Alemania. El régimen hizo un gran esfuerzo, se construyeron infraestructuras que empequeñecían al visitante, obra del arquitecto Speer. Con todo hubo sonoros fracasos como la famosa victoria de Jesse Owens en los 100 metros lisos y el plante del Führer al vencedor. 
Tras el paréntesis que supuso la Segunda Guerra Mundial, los Juegos fueron organizados prácticamente de favor por una exhausta Inglaterra albergando Londres por segunda vez la cita olímpica. La Guerra Fría encontraría en las citas olímpicas otro escenario de enfrentamiento entre la URSS y los EEUU en la pugna por el liderato en el medallero. La situación se polarizó aún más cuando, tras la invasión soviética de Afganistán, el Presidente Carter anunció el boicot americano a las Olimpiadas de Moscú 1980 y éstos le devolvieron la jugada al no acudir a la cita olímpica de Los Ángeles 1984. A pesar de todo los soviéticos no modificaron el plan establecido por Stalin para la captación de deportistas, es más, el modelo fue exportado a las democracias populares de Europa del Este con bastante éxito y con ejemplos notables como las excelentes gimnastas rumanas o las dopadas nadadoras del equipo de la DDR. 
La caída del muro de Berlín y la desaparición de las tensiones este-oesta indujeron a pensar que las Olimpiadas iban a volver al terreno de lo exclusivamente deportivo, y así fue durante un tiempo. Pero entonces tuvo lugar las revolucionaria cita de Barcelona'92 que llevó al olimpismo otro terreno desconocido. 
Hasta entonces las citas olímpicas no eran un gran negocio, es más, el caso de Montreal 1976 es el claro ejemplo de fracaso económico y supuso un lastre que la ciudad arrastró hasta hace bien poco. Pero Barcelona cambió todo eso. El éxito organizativo de Barcelona supuso un antes y un después en las citas olímpicas. Los Juegos de 1992 fueron enormemente lucrativos, pusieron a la ciudad condal en el mapa y como referente de la nueva España democrática. En el extranjero uno relacionaba España con Barcelona antes que con la capital. 
Este éxito llevó a muchas ciudades a mirar la organización olímpica con otros ojos, como una ventaja para relanzar la economía de muchas ciudades en inversiones y turismo. Comenzó aquí una "burbuja olímpica" que no ha dejado de crecer. Los Juegos son cada vez más caros, las escenografías cada vez más grandiosas y los sobornos a los miembros del COI cada vez más escandalosos.
Pekín 2008 fue un éxito rotundo como escaparate del nuevo gigante asiático. Como en 1936, poco le importó al COI la vulneración de los Derechos Humanos por parte de las autoridades chinas, así como poco le está importando a la FIFA los escándalos que día tras día se conocen de la organización del mundial de fútbol de Qatar. 
Las candidaturas de Madrid son un buen ejemplo de la "burbuja olímpica". Madrid se endeudó enormemente para albergar una cita olímpica en busca del efecto "Barcelona'92" pero cuando llegó el momento presentó un proyecto "sostenible" y austero basado en que la mayoría de las infraestructuras estaban ya realizadas. Era una austeridad que el COI demostró no querer.
La burbuja olímpica parecía estar reservada a los Juegos de verano, más caros por albergar más disciplinas deportivas y por su mayor relevancia mediática. Pero Vladimir Putin ha reventado todas las estadísticas de los Juegos de Invierno con la organización de los Juegos de Sochi de este invierno. Putin parece haber mezclado con maestría el celo ideológico soviético con el escaparate moderno que supone unos Juegos Olímpicos; aunque los métodos de entrenamiento no han variado nada en Rusia desde la directiva de Stalin, sí que hay un nuevo enfoque organizativo. Putin quiere que Sochi sea el escaparate de una nueva Rusia que renace de las cenizas de la Perestroika, como Pekín 2008 lo fue para China. Los atentados previos a la cita olímpica ya han dejado un resultado agridulce para la organización, puesto que a nadie se le escapa que la publicidad que Sochi pueda tener para el régimen está ligada al peligro terrorista que existe en muchas de las repúblicas de la Federación Rusa. 


Sería completamente injusto decir que Putin ha organizado una nueva versión de Berlin 1936, pero también sería muy ingenuo ignorar que estamos ante un espectáculo de publicidad que sitúa al deporte en un segundo plano, otra vez.