miércoles, 11 de junio de 2014

Monarquía y Transición en España.


La semana pasada asistimos a un hecho importante en la historia de España. SM el Rey Juan Carlos I abdicó de la Corona española abriendo un nuevo período de la historia de España.
Muchos libros de texto hacen hincapié en que, bien con la llegada del PSOE, bien con la alternancia pacífica de 1996 se produce el final de la Transición en España. Sea como fuere parece que los acontecimientos han echado por tierra semejante lectura. Todo parece indicar que es la sucesión en la Jefatura del Estado la que realmente está marcando el final de la Transición.
Tal y como se están desarrollando los acontecimientos parecía que, a pesar del dilatado reinado de Juan Carlos I, estábamos ante un período transitorio entre la dictardura franquista y el normal desarrollo de la democracia. Se había logrado el normal funcionamiento de las instituciones políticas amparadas bajo el paraguas de la estabilidad en la jefatura del Estado. Pero ahora que SM ha decidido abdicar la Corona, muchos actores políticos están poniendo en cuestión si también la Jefatura del Estado debe seguir como hasta ahora o cambiar.
SM se había ganado el Trono gracias a las reformas impulsadas, pero eso no significaba que el trono se hubiese ganado a España. Muchos la habían aceptado como una medida transitoria bajo la que realizar políticas partidistas propias a la espera de que el padrino de la Transición desapareciese de escena.
Las encuestas venían reflejando una opinión favorable a que el Rey dejase paso al Heredero al Trono. Al principio parecía que SM se mostraba reacio a ello. Muchos han defendedido que el Rey no quería legar a su hijo una Corona en horas bajas y que prefería que recayese sobre sus hombros las malas noticias del Caso Noos para poder legar una herencia sin hipotecas. Pero la profunda crisis se ha contagiado al espectro electoral y eso ha precipitado los hechos.
Los sondeos electorales venían anunciando un fuerte desgaste de las grandes formaciones nacionales, pero no fue hasta las elecciones cuando tal evidencia se plasmó de forma rotunda y más profunda de lo que muchos habían vaticinado.
La irrupción con fuerza de Podemos en el escenario político precipitó los acontecimientos. Hasta entonces, el descontento social por las reformas se había plasmado en distintas plataformas por sectores (marea blanca, marea verde, etc) y ninguna fuerza política había capitalizado el descontento más allá del lógico desgaste de los grandes partidos. Ni siquiera Izquierda Unida habia pasado de un leve ascenso, demasiado leve para tratarse de un descontento generalizado. Pero la creciente aparición en televisión de un contertulio afín a las ideas de Izquierda Unida logró que eclosionara un proyecto que, lejos de consolidarse, se presentaba como la opción contra la política tradicional.
La habilidad de Pablo Iglesias para capitalizar el voto "contra" hizo que lograse más de un millón de votos en las elecciones al parlamento Europeo.
Pero aunque el programa de cambio que propugna Pablo Iglesias aún está por llegar y su fuerza en unas elecciones nacionales está por ver, sí ha conseguido remover los cimientos del edificio institucional.
Es probable que SM quisiera esperar a abdicar en momentos mejores para el país y la sociedad. De forma que la cuestión al sistema no se extendiese a la Corona. Pero la ausencia de una LO de sucesión (que por otra parte, Mariano Rajoy decía no era urgente) hizo temer a la Corona la conformación de unas Cortes más hostiles a la aprobación de semejante legislación. Así que, de forma un poco precipitada, se ha anunciado la abdicación para que tenga lugar una sucesión lo más temprana posible, amparada por un parlamento amable en medio de la legislatura y evitando que las dos citas electorales de 2015 no se presenten como un plebiscito entre Monarquía o República.
El relevo en la jefatura del Estado se está produciendo con toda normalidad, incluidas las manifestaciones pacíficas en pro de la república o, al menos, de un referéndum que establezca qué forma de Estado se prefiere.
No poca gente ve el relevo en la Casa Real como una oportunidad para acometer una profunda reforma del sistema que afecte a todos los ámbitos de la vida política. Se habla de iniciar un nuevo proceso constituyente tomando el referéndum para la jefatura del Estado como punto de partida. Pero la sucesión en la Jefatura del Estado también pone en evidencia lo variopinto de las opiciones reformistas, la heterogeneidad de fuerzas políticas que las impusan y su completa desunión.
También está por ver el peso real de estas opciones políticas en el escenario político nacional. Hemos visto la fuerza de Podemos en unas europeas con una baja participación y con una única circunscripción. La cuestión residen en si esta fuerza llegará viva a las elecciones generales y no sufre una crisis que acabe con el partido desde dentro como le está sucediendo a AGE en Galicia. También está por ver el impacto de una mayor participación en las generales y la división en circunscripciones provinciales.  
Algunos analistas han apuntado que el ascenso de estas alternativas y, sobre todo, la decisión de Rubalcaba de retirarse del liderazgo del PSOE precipitó la abdicación. Con un PSOE bajo liderazgo de Rubalcaba, la Casa Real y el gobierno sabía que tendrían asegurada la lealtad institucional de un partido de gobierno. Esperar a que la socialdemocracia tenga otro líder era una incertidumbre que la operación no quería permitirse. 
La abdicación del rey también ha despertado un alud de referencias a la Transición, tanto del lado republicano como monárquico. Del lado republicano se subraya el hecho de que la ciudadanía tuvo que votar en 1978 por un paquete cerrado donde estaba la monarquía como componente de la democracia. Los monárquicos destacan el valioso protagonismo de SM en el proceso de Transición a la democracia y la estabilidad que la Corona aporta a la Jefatura del Estado, lejos de vaivenes políticos. Pero, en mi opinión, la época es bien distinta como lo son las bases del debate. En 1975 la sociedad española tenía claro que el proyecto político para España era la democracia. Se discrepaba en los medios, reforma o ruptura. Ahora los reformistas no cuentan ni con protagonistas, ni con un proyecto claro, unificado y coherente. También está por ver la voluntad de la sociedad española, puesto que, si bien en 1978 el consenso constitucional fue muy amplio, ahora no se vislumbra semejante nivel de acuerdo. Amplias capas de la sociedad española no están por el cambio, no creen que un cambio de tanto calado sea pertinente. 
No son demasiados los monárquicos convencidos en España y puede que esa sea la gran ventaja con que cuenta la Corona. Los republicanos convencidos son más, pero representan diversas formas de pensamiento y organización. En este país la mayoría de la gente es republicana no practicante, mientras la Jefatura del Estado sea digna, barata y funcional no van a mover un sólo dedo por ese republicanismo. Y la actual jefatura del Estado ha sido y es digna, barata y funcional. Sólo en tiempos recientes, cuando la Corona se ha apartado de este mantra se han agudizado las voces republicanas. No porque la república haya cobrado prestigio, sino por demérito de la Corona. Es por eso que se produce este relevo generacional, para que la institución recobre la dignidad y funcionalidad de la que ha hecho gala hasta hace bien poco. Es por ello que las encuestas muestran un apoyo cauto a Felipe VI, basado más en un rechazo al salto al vacío que preconizan muchos que una aceptación convencida del modelo republicano. 
Una cosa sí tiene la sociedad española en común con 1978, sigue siendo eminentemente cauta. Si Felipe VI lo hace moderadamente bien, entre la falta de un proyecto común de los promotores del republicanismo y la inercia de la estabilidad tendremos monarquía para rato.

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