martes, 23 de junio de 2015

Elecciones locales y autonómicas, de bisagras y puertas.


El pasado domingo se constituyeron los consistorios de España tras las elecciones locales y regionales del mes pasado. Fueron unas elecciones que nos devuelven a la casilla de salida de la democracia española al configurar un sistema de bipartidismo muy debilitado.
Sigue siendo un sistema donde los dos partidos principales se siguen repartiendo el poder, porque pese a todo el cacareo y la pérdida de importantes plazas para los dos grandes partidos, sobre todo para el PP, el voto a éstos dos partidos se mantiene por encima del 50% del electorado. Es verdad que el bipartidismo ha sufrido una fuerte erosión desde las últimas elecciones generales, pero de ahí a rubricar su defunción dista un gran trecho.
Las elecciones, como todas en las que se configura un sistema con varios partidos importantes, deja un reguero de derrotas. En política siempre hay que medir éxitos y fracasos según las expectativas de cada partido y, en esta ocasión, todos han perdido en mayor o menor medida.
El Partido Popular ganó las elecciones, no solo en términos de votos totales sino también en numerosas regiones y consistorios. Pero la sensación en Génova no es de victoria. El PP se dejó 2'4 millones de votos respecto a las elecciones regionales de 2011, pero considero que hay que matizar algunos aspectos.
La primera de ellas atañe a que los resultados del 2011 respondían al proceso de erosión del PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero. La forma netamente mejorable con la que el PM socialista encaró el inicio de la crisis, sus parches y desastres sin paliativos los terminaron pagando los alcaldes y dirigentes regionales del PSOE que vieron como sus oponentes del PP fueron aupados a los que eran feudos socialistas. Por tanto las cotas de poder regional y local alcanzados por el PP formaban parte del vacío de poder que la descomposición del PSOE dejaba, no por una alternancia natural.
La misma coyuntura oportunista que aupó al PP en 2011 acabaría por barrerlo en 2015. Muchos regidores locales y presidentes autonómicos sin ser necesariamente malos, terminaron pagando la factura de desgaste de las políticas del Mariano Rajoy.
Así, aunque el PP es lal fuerza más votada en Aragón, Castilla la Mancha, Baleares o Valencia pueden perder éstas regiones en favor de otras fuerzas políticas. No solo eso, importantes ciudades como Madrid, Sevilla, Valencia o Zaragoza han cambiado de signo político fruto de los pactos postelectorales.
Así, aunque el PP ha sido el partido más votado, el celebrar tal cosa es un triste consuelo.
El PSOE de Pedro Sánchez también ha perdido, y ha perdido en dos planos distintos. El primero y más evidente es la pérdida de unos setecientos mil votos que se une al descalabro de la era Zapatero. El PSOE no solo no recoge nada del descalabro del PP, sino que acentúa su decadencia local, Bien es cierto que le disculpa que la competencia por el ala izquierda es feroz y mucho más encarnizada que por el ala derecha del electorado, pero eso no le resta responsabilidad.
A pesar de ser los peores resultados socialdemócratas en unas elecciones regionales y locales, el PSOE ha recuperado algunas plazas importantes como Sevilla u Oviedo, y parece que podrá darle la vuelta al mapa autonómico gracias a pactos a derecha e izquierda. Ha mantenido Asturias y Andalucía y puede ganar para su haber Valencia, Aragón, Extremadura, Baleares y Castilla la Mancha.
Pero el PSOE debe esos gobiernos a pactos con fuerzas que en las generales le restarán posibilidades de superar al PP. La estabilidad y la viabilidad de estas relaciones está por ver, Hoy el PSOE ha ganado una significativa cota de poder, pero no debe perder de vista que antaño formar gobiernos tripartitos como el que está a punto de formar en Valencia o Baleares, le ha costado su propia supervivencia como el caso del PSC en Cataluña.
El segundo frente en el que el PSOE no ha culminado su supuesta victoria es que, pese a ver acrecentada su cota de poder, le debe ésta a numerosas fuerzas. Y ahí Podemos le ha ganado la batalla de la publicidad.
Pablo Iglesias ha hecho creer a la gente, con la complicidad de los medios de comunicación , que ha obtenido mejores resultados de los que realmente ha tenido.
Los resultados de Podemos han sido buenos teniendo en cuenta que es un partido de reciente fundación, pero si tenemos en cuenta las expectativas de su secretario general, sus resultados son decepcionantes.
En las elecciones autonómicas, donde Podemos concurría con su propia marca, ha quedado siempre tras el PP y el PSOE en todos los casos y en algunos en una vergonzosa quinta posición como en Valencia. No es gran cosa para un partido que comenzó el año liderando las encuestas en intención de voto y que se vendía a sí mismo como el ariete del cambio en España y el enterrador del bipartidismo. Simplemente decepcionate.
Pero los decepcionantes resultados en las regionales es compensada por los excelentes resultados de diversas plataformas en las municipales que Podemos ha apadrinado y, más importante, se ha adueñado de sus frutos propagandísticos.
Aunque Podemos solo llevase un concejal en la lista de La Coruña, dos en Madrid y otro en Barcelona. Todos los medios parecen identificar las mareas, guayem, ahoras y demás plataformas con un solo partido: podemos. Podemos carecía de infraestructura para presentarse en todas y cada una de las capitales de provincia, por eso Pablo Iglesias tomó la inteligente medida de integrarse en diversas plataformas ciudadanas que amalgamaban a lo más variopinto del movimiento de los indignados en cada localidad.
La jugada le ha salido bien ya que la prensa presenta a estas plataformas siempre como ligadas o apoyadas por Podemos, como si ésta fuera una especie de nave nodriza que apadrinase o ungiese políticamente a todos estos movimientos. De hecho la propia Manuela Carmena ha declarado en más de una ocasión que no tiene nada que ver con Podemos como si intentase desligarse o buscar su propia identidad.
La jugada le ha salido bien a Podemos y a su líder, aunque la primera mina política le ha estallado apenas unas horas de conformarse los consistorios.
A Guillermo Zapara, recién nombrado concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, le sacaron unos tweets de 2011 que evidenciaban el humor del que muchos ciudadanos hacemos uso en la barra de los bares. Los tweets, de evidente mal gusto, evidencian más el amateurismo de estas nuevas formaciones y candidatos que un ataque a la comunidad judía o similar.
Tras el caso Zapata, le está siguiendo el caso de Rita Maestre, portavoz del ayuntamiento de Madrid imputada por el asalto a la Capilla de la Complutense en 2011. Obviamente no es un delito comparable con la trama Gurtel, los ERE o la Púnica, pero evidencia la vulnerabilidad de estas candidaturas.
Su mensaje de honestidad, única herramienta con que las candidaturas de unidad popular llegaron al poder, podría estar amenazado por el hecho de que, al fin y al cabo, también llevan a imputados en sus filas.
Tanto es así que el líder de Podemos ha defendido con un mensaje extrañamente habitual en el PP y el PSOE a sus imputados. "No todos los imputados son iguales", "hay una campaña de desprestigio hacia mi persona", etc. Declaraciones que podríamos fácilmente escuchar a Bárcenas o Griñán.
Entonces, si Podemos lleva desde sus inicios casos de legalidad dudosa como la empresa de Monedero y éstas candidaturas tienen entre sus filas bocazas e imputados, ¿En qué se diferencian de los partidos tradicionales?, que ya se haya formulado esa pregunta es la amenaza más clara a la que se enfrentan, ya que de aquí a las generales podría crecer la desafección entre unas formaciones políticas débiles con errores de principiante.
La heterogeneidad de fuerzas que componen las distintas "candidaturas de unidad popular" prevén la aparición de múltiples problemas en la larga legislatura que les queda por delante, más cuando la totalidad de éstas gobiernan en minoría con apoyos puntuales de otras fuerzas políticas que nada le van a perdonar. Su prueba de fuego vendrá con la confección y aprobación de los presupuestos. 
Irónicamente la confluencia de estas fuerzas emergentes que le han arrebatado numerosas plazas y regiones, es la mejor baza que tiene el PP para movilizar a su electorado, ganar las elecciones generales y formar un gobierno en minoría.
A pesar de que éstas elecciones han dado un vuelco al mapa electoral español y al sistema de partidos, al final la novedad reside en la aparición de nuevas bisagras que sustituyen a los partidos nacionalistas, sobre todo después del divorcio de CiU. Pero aunque las bisagras sean nuevas, las puertas siguen siendo las mismas.

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