lunes, 11 de julio de 2016

26J


El pasado 26 de junio la ciudadanía fue llamada a las urnas después una brevísima e infructuosa XI legislatura.
Muchos han tildado esta segunda convocatoria electoral como fracaso de la clase política al devolverle la pelota a la ciudadanía. Estoy de acuerdo a medias. Sí es un fracaso de clase política que no supo ponerse de acuerdo para sacar adelante un ejecutivo. Pero no coincido con quien aseguraba que eran seis meses perdidos. En mi opinión los seis meses de la XI legislatura hicieron que los electores acudiesen a las urnas habiendo dilucidado una serie de incógnitas que sobrevolaban la política en diciembre.
Por un lado la estrategia del PM de no moverse resultó ser un auténtico éxito. Emulando el consejo que Cela le dio a un joven Juan Carlos, en España quien aguanta gana, Mariano Rajoy sacó el mayor de los provechos de estarse quieto. En primer lugar no se expuso a una sesión de investidura que habría supuesto un plebiscito sobre su gestión, así que prefirió que fuesen otros los que se chamuscasen.
El PSOE se expuso al aceptar el encargo del Rey para formar gobierno. Los socialistas vieron una ventana de oportunidad para acceder al gobierno y, de no hacerlo, al menos sería visto como el único partido responsable que dio un paso al frente cuando se avecinaba una parálisis institucional.
Ciudadanos se sumó a la estrategia del PSOE y, consensuando un programa de mínimos, de puso el traje de la responsabilidad institucional mientras el PP le seguían cayendo escándalos en Valencia.
Podemos, por su parte, siguió la estrategia de la oposición de la oposición. Sus resultados aunque buenos en diciembre no habían conseguido la tan ansiado sorpasokización. Es decir, sobrepasar al PSOE por la izquierda y, con ello, arrinconar a los socialdemócratas a la irrelevancia política. Así que su cálculo era evidente, forzar unas segundas elecciones en busca de una nueva oportunidad. Intentó desgastar al PSOE todo lo que pudo en las negociaciones para hacer ver al electorado que era su alianza con ciudadanos la que había arrastrado al país a unos nuevos comicios.
La estrategia de Podemos era el ser visto como la auténtica oposición al PP, mientras el PSOE se había centrado demasiado de la mano de ciudadanos.
Y así se convocaron nuevas elecciones para el 26J
Tanto la precampaña como la campaña se polarizaron en exceso. Parecía haber solo dos opciones, o bien el continuismo de la derecha del PP, o bien un cambio político que sólo podía ser capitaneado por Podemos. Los socialistas estaban amortizados, habían propuesto un gobierno de centro que fue dinamitado por populares y podemos. Cada uno en busca de los réditos electorales de unos nuevos comicios.
Así pues, la campaña de junio puso al PSOE y Ciudadanos entre la espada y la pared del voto útil. No resultaba útil votar ni a uno ni a otro, votar ciudadanos era tirar el voto por la derecha y el PSOE no representaba el cambio que amplias capas de la sociedad deseaba.
Podemos por su parte, para aprovechar esta segunda oportunidad, no desechó la alianza con Izquierda Unida que sí había despreciado en verano. Los cálculos de Iglesias era, al menos, sumar el millón de votos que IU había cosechado el 20D y que, gracias a la ley D'Hont, haría caer los diputados en liza del lado de Podemos. Así pues firmó una alianza con IU que relegaba a ésta última a un puesto secundario, a cambio de asumir la millonaria deuda de IU.
Éstos planteamientos fueron alimentado por la totalidad de las encuestas que auguraban el sorpasso de Podemos en votos al PSOE, aunque en escaños no estaba nada claro.
La unanimidad de las encuestas en esta cuestión polarizó la campaña aún más y arrinconó al PSOE en la disyuntiva de apoyar un gobierno del PP o bien ser la comparsa de Unidos Podemos en un gobierno "del cambio".
La pericia de Iglesias se basó en dos hazañas, la primera es que todos dimos por hecho el sorpasso y la segunda fue juntar 16 partidos en su alianza de manera que recogía votos de muy diversas fuentes.
El PSOE hizo una campaña mediocre debido a este acoso por izquierda y derecha. Y Sánchez hizo lo único que podía: evitar a toda costa responder a quién iba a apoyar en un futurible gobierno y actuar como lo que aún era: el principal partido de la oposición. Quién iba a decir que descargar la responsabilidad de unas nuevas elecciones en iglesias y podemos daría resultados. La machacona cantinela de Sánchez responsabilizando a Iglesias de no lograr un cambio en el ejecutivo terminó por traducirse en la abstención de más de un millón de votantes de podemos.
En esto Podemos y PP coincidían. El PP conseguía alejar los focos de los cuatro últimos años para centrarlos en la gestión del PSOE de los seis últimos meses, y Podemos con ello podía presentarse como la única alternativa al PP.
Al final, el 26J le dio la razón a solo uno de ellos: al PP.
Los resultados electorales evidenciaron dos fracasos: el primero de ellos atañe a todas las encuestas. Todas sin excepción se equivocaron y la única fiable fue el resultado de diciembre. Resulta que el PP no bajó, todo lo contrario, ganó 14 escaños. El PSOE aguantó mejor de lo esperado y no hubo el tan cacareado sorpasso. El segundo gran fracaso de la noche fue el de la alianza de UnidosPodemos. Todo parecía indicar que, por lo menos, ambas formaciones se quedarían con los mismos votos, con los que Iglesias sumaba a los suyos y las confluencias otro millón más de IU. 
Por tanto, por una vez en las elecciones generales no todos ganan. Hay un claro vencedor y fracasos estrepitosos dignos de comentar.
El vencedor de la noche fue el Partido Popular. Sin paliativos. Mariano Rajoy, visiblemente afectado, salió al balcón de Génova 13 a celebrar unos resultados que mejoran los de diciembre. Su estrategia de no hacer nada, esconder al candidato y polarizar el voto le había dado resultado. Aunque no creció mucho en número de votos, sí tradujo en diputados el voto recuperado a Ciudadanos. Aquí pesó más el voto útil que la cascada de escándalos de corrupción que no dejaron de salpicar al PP durante la breve legislatura. Reconozco que, en esta misma bitácora, critiqué el inmovilismo del PM, pero a la vista de los resultados se ha mostrado una estrategia ganadora. 
Si las opciones de formar un gobierno alternativo eran reducidas en diciembre, ahora son prácticamente inexistentes.
Es difícil imaginar un ejecutivo que no pase por el Partido Popular que no nos aboque a una nuevas elecciones.
El Partido Socialista salva los muebles. Aunque ha cosechado los peores resultados (otra vez) de la historia de la III Restauración, a nadie se le escapa que, dado lo que se le venía encima, ha salvado muy bien los muebles. Hecho que dará alas a Sánchez para continuar en la secretaría general a pesar de sus magros resultados. Ha descendido solo unos cien mil votos, pero que curiosamente se ha traducido en unas décimas más del electorado. Con 85 diputados, cinco menos que en diciembre, el PSOE vuelve a ser el árbitro de la situación política, pero sin opciones a intentar una nueva investidura. Sánchez desechó tal opción la noche electoral descargando la responsabilidad de un nuevo ejecutivo conservador en la actuación de Iglesias y Podemos durante la XI legislatura. Los distitos líderes territoriales avalaron tal opción cerrando todas las puertas a una negociación con Podemos, mientras el líder del PSOE hizo lo mas cabal, desaparecer. Si al PM le dio tan buen resultado, él mismo sigue sus pasos. Personalmente creo que es la mejor opción. La responsabilidad de edificar un ejecutivo le corresponde al PP y a Mariano Rajoy, la exposición de Sánchez y del PSOE no sirve de nada y erosionaría al partido. Así que es mejor dejar que quien ha ganado las elecciones lo intente y quienes las han perdido se achicharren ante la luz de los focos.
Por otro lado, Podemos fue el gran perdedor de la noche electoral. Aunque en escaños se quedan como estaban (69 de Podemos, compromís, mareas, comú-podem+Unidad Popular-IU) en votos se dejan algo más de un millón. Sólo la alianza con IU hizo que la ley D´Hont no tradujese esa pérdida de votos en un descalabro en escaños. Una doble derrota que el propio Iglesias achacó a que, por primera vez, los electores iban a votar con memoria de lo sucedido en la brevísima XI Legislatura.
Pero como digo muy a menudo, en política los éxitos y los fracasos se miden en función de las expectativas. Las de Podemos eran dos, adelantar al PSOE y convertirse en la fuerza hegemónica de la izquierda y forzarles a pactar con ellos para alcanza la Moncloa. Iglesias entró en el teatro Goya desde el de siguió el escrutinio como PM y salió como líder del tercer partido(s). A pesar de no perder escaños, Podemos no ha conseguido ninguna de sus objetivos. Se abre con este doble fracaso un futuro incierto para la formación morada.
Muchos pensábamos que Podemos era un arma de un solo disparo que tuvo la suerte de tener una segunda oportunidad. Ha fallado en ambas ocasiones situando a su partido en la marginalidad del espectro político. Se está viendo en estos días que el portazo del PSOE a cualquier dialogo con Podemos les está situando en la irrelevancia y que su supervivencia como terceros partidos de la oposición se antoja muy complicado. Veremos si las confluencias aguantan en el seno de Podemos. Por el momento Compromís ha reiterado su voluntad de irse al grupo mixto de no conseguir grupo parlamentario, algo que es casi seguro que no logrará. Si la legislatura dura, se pondrá a prueba la resistencia de las alianzas de podemos, porque recordemos que IU+Podemos tienen 45 escaños y tres millones y medio de votos si las confluencias comienzan a abandonar el barco.
Se leía en la prensa que el fracaso de Podemos pone en tela de juicio el liderazgo de Pablo Iglesias y es una verdad a medias, porque si la repetición de elecciones fue una apuesta personal suya en busca del Sorpasso, no es menos cierto que no hay vida en Podemos más allá de Pablo Iglesias. La mayor virtud del partido es, a su vez, su mayor debilidad y ésta reside en el hiperliderazgo de Pablo. Pero es que hoy por hoy no hay ninguna figura dentro del partido que que pueda ejercer el liderazgo y atraer la fascinación que ejerce Pablo Iglesias.
Ciudadanos fue el otro gran perdedor de la noche, aunque en votos solo retrocedió trescientos mil, eso se tradujo en una pérdida de ocho escaños. Probablemente se tratase del voto prestado del PP que retornó al redil ante la repetición electoral en busca del voto util. Tal vez el pacto con el PSOE le lastrase y para eso muchos votantes prefirieron retornar al PP. Pero lo que parece más evidente es que los treinta y dos escaños de Ciudadanos son más decisivos ahora que los cuarenta de la pasada legislatura. Casi la totalidad de los analistas dan por descontado una alianza entre Cs y el PP para la investidura, acercando a Mariano Rajoy a la mágica cifra de 176 escaños. Veremos quién más se sube al carro. 
Como culebrón de verano, estará más interesante que los devaneos del defraudador Messi o los fichajes de Florentino. 

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